martes, 22 de diciembre de 2009

Panfleto: Un divorcio histórico, un trauma social, una incomunicación planificada y una tectónica inestable

Panfleto contra -o preferiblmente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX

Nueva entrega de este ensayo que desentraña los excepcionales cambios producidos en el siglo XX, y su irremediable relación con nuevas formas de vivir, de pensar, de relacinarse y de comprender. A pesar del sistemático rechazo de las clases dirigentes y sus socios en la educación, la cultura y la ética.

El origen de muchas de las crisis, enfrentamientos y problemas de convivencia (colectivos y particulares), crecimiento de las neurosis, desarrollo de las sectas, guerras, persecuciones, revoluciones y en definitiva de los aspectos más traumáticos y destructivos del siglo XX, tiene su origen en un divorcio. El divorcio que ponen en marcha las clases dirigentes de los países afectados por la Primera Revolución Industrial, al aceptar tan sólo las innovaciones tecnológicas, y rechazar todas las demás, con especial violencia en el rechazo de los cambios en la moral, la cultura, la política y la ideología.
Este hecho histórico, tan notorio y de tan graves consecuencias, no ha merecido la atención de los historiadores nada más que como un dato complementario para estudiar periodos como el de el canciller Bismarch en Alemania, el fascismo-nazismo en el siglo XX, la modernización impuesta desde el poder de Japón, el comunismo estalinista en la URRS, y poco más. Sin embargo, nada de lo sucedido en Europa, USA y Japón desde mediados del siglo XIX, se puede analizar, y sobre todo comprender, si no se tiene en cuenta la relación de las clases dominantes de cada una de las sociedades con lo que de forma general se llama la modernización y sus componentes conspicuos: ciencia, industria, tecnología, cambios sociales, políticos y estéticos.
El mantenimiento de fórmulas tradicionales de organización social, reforzadas mediante un aumento absoluto del poder personal en los casos más extremos, como sucedió en Alemania y Japón, dio lugar al desarrollo de ideologías militaristas y profundamente reaccionarias. Más militaristas y reaccionarias según estas ideologías se alejaban de las necesidades, intereses y demandas de todas las clases sociales que no participaban en el gobierno, y de forma muy llamativa de los grupos-piloto de la burguesíaque trabajaban en la adecuación de la sociedad y de los individuos a los cambios.
Sin embargo, la constante mejora del nivel económico, y las aportaciones tecnológicas, sirvieron de válvula de escape a la conflictividad social, al tiempo que la psicología, los avances sanitarios, el nacimiento de los deportes de masas, el control (cuando no la anulación) por parte de los sindicatos de los elementos más radicales del mundo obrero, y la connivencia de los medios de comunicación con las clases dominantes permitieron la pervivencia de esos elementos profundamente reaccionarios en los gobiernos.
El resultado es el aspecto más conocido de la historia de los últimos cien años: imperialismo, colonialismo y rapiña en su primera etapa, y en su segunda, dos Guerras Mundiales, además de la Guerra fría y varias guerras locales o localizadas (como nuestra Guerra Civil).
La historia de la humanidad está plagada de clases gobernantes incapaces, ineptas e incluso estúpidas, que llevaron a sus sociedades respectivas a la degradación y a la dependencia de otros estados más hábiles o eficaces. (Para no poner ejemplos en cabeza ajena, recordemos nuestra historia de los últimos cuatrocientos años, con etapas tan vomitivas como el reinado de Fernando VII). Recorriendo esa historia se llega a tener la sensación de que si en determinadas etapas ha existido el progreso y la mejora, ha sido tan solo el producto de una casualidad, o el beneficio de unas circunstancias que los poderes no han sido capaces de detectar –y de interrumpir- a tiempo. Y no hablo de corrupciones, abusos o incapacidades, sino, insisto, directamente de estupidez.
En el siglo XX se da, entre otros, un hecho espectacular: Ninguno de los grandes cambios que han significado una transformación profunda de las sociedades implicadas, ha sido dirigido, ni controlado ni siquiera imaginado por los poderes directamente afectados. Véase el caso del automóvil y la aparición de las macrometrópolis. O el de la educación, en cualquiera de sus niveles (incluido el universitario, claro). O el de las costumbres, tradicionalmente llamado de “la moral”.
Con todo es en el terreno de la cultura, en el que se ha producido un divorcio más consciente y determinado, entre cualquier tipo de novedad y los poderes establecidos. Incluso ahora, ya en el siglo XXI, con la postmodernidad triunfante aún en los países de segundo nivel, se puede constatar un hecho sangrante: Los distintos tipos de poderes democráticos (ayuntamientos, comunidades autónomas, gobierno central) dedican sus ayudas presupuestarias a las distintas formas artísticas en proporción inversa a su actualidad y productividad.
Además del dinero que se dedica al mantenimiento de los edificios, y al de un burocracia cada vez m´s ineficaz, el monto más significativo de los presupuestos anuales, va a financiar actividades teatrales (el teatro se ha quedado sin función en el siglo XX), premios de pintura, poesía, teatro, etc...(la idea del “premio” en el mundo de la cultura no tiene encaje en el siglo XX, salvo como irrisión), y actividades de tipo manual o artesano.
Por el contrario, las ideas innovadoras y las fórmulas que las materializan, ni siquiera son reconocidas como existentes. Veamos un ejemplo: En ninguno de los premios de poesía convocados por toda la geografía de los ayuntamientos, sociedades culturales y demás organziaciones se permite la participación de obras que no se realicen en “verso”. Los responsables de cultura no se ha enterado de que en el siglo XIX se creó algo llamado “poema en prosa”. Y no digamos ya la poesía visual y las distintas fórmulas intermedia que llevan ya muchas décadas siendo operativas y creando incluso una tradición y un mundo propio. Si Stephane Mallarmé volviera a nacer y presentara su poema “Un golpe de dados” a uno de estos concursos, es muy posible que fuera rechazado por no cumplir las bases de la convocatoria. Y ese poema se publicó en 1898. Para estas gentes de la “cultura” un siglo no es nada.
El siglo XX se divide en dos partes, casi iguales tanto desde el punto de vista económico, como social y cultural. La primera parte (que llega hasta el final de la Segunda Guerra Mundial) es la de los conflictos, los enfrentamientos, y las revoluciones. Es decir la de los precursores, los descubrimientos y las invenciones. La segunda parte, la del nacimiento, desarrollo y consolidación de las sociedades de masas en Occidente y en el Japón, aplica los descubrimientos, hace suyas las invenciones, y lleva a la práctica las propuestas, suficientemente modificadas y adaptadas de los precursores.
¿Por qué esta diferencia tan acusada entre las dos partes del siglo?. Se podría entender como el producto de una lógica interna de todo el proceso. Pero para que esa lógica puede desarrollarse y dar de sí todo su potencial, tienen que darse una serie de condiciones, circunstancias y medios, porque no estamos hablando de un proceso automático.
Veamos los hechos tal como han sucedido. Tras la Segunda Guerra Mundial, los regímenes totalitarios fueron barridos de los países europeos occidentales (salvo en España y Portugal), y del Japón. Por el contrario, se instalaron, debido a la invasión rusa, en los países europeos orientales (salvo Grecia).
En todos los países en los que los regímenes políticos totalitarios desparecieron, para dar paso a las democracias formales, se inició el desarrollo de las sociedades de masas, con todo su aparato de transformaciones económicas, sociales y culturales. Por el contrario en el bloque soviético, en España y Portugal (y no digamos en el resto del mundo llamado subdesarrollado o en vías de desarrollo) la economía, la tecnología, y la cultura permanecieron estancadas durante décadas.
¿Podemos afirmar que la aparición de las democracias formales en una serie de países fue lo determinante para su “modernización”?. Desde luego, es algo que no se puede negar con los datos en la mano. El militarismo alemán, que terminó desembocando en los dos conflictos mundiales, fue el hecho más determinante de la primera mitad del siglo, porque los demás países europeos tuvieron que reaccionar en función de él.
Una vez desaparecido, y con Alemania reconvertida en una sociedad moderna, y con toda sus capacidades, desde la industrial, a la científica, la cultural y la tecnológica, liberadas del militarismo y de la dictadura nazi, todos los países europeos de primera línea bascularon en el mismo sentido: Europa aprendió que cuando nuestros vecinos no tienen libertad, la nuestra corre un grave peligro de desaparecer. Y también en sentido contrario.
Por lo tanto, con estos datos en la mano, es imposible negar la relación entre la modernización cultural y política, y el progreso social y económico. Y ello a pesar de que, incluso en los países más avanzados y progresistas, el divorcio entre la cultura y las clases dominantes ha estado lejos de desaparecer. De hecho, la fuerza de la reacción contra las nuevas ideas y los nuevos comportamientos, solo ha descendido en algunos puntos, al tiempo que aumentaba en otros.
Sobre todo con la reacción conservadora de los años ochenta, y lo que posteriormente se ha llamado la postmodernidad.
En las recién nacidas sociedades de masas, los poderes establecidos han potenciados los aspectos más embrutecedores de los media, al tiempo que mantenían a una gran parte de la sociedad en niveles de educación y culturalización paupérrimos. Debido a ello, a pesar de la exponencial mejora del nivel de vida, de la disponibilidad de alimentos sanos durante todo el año, existe una diferencia en la esperanza de vida entre los obreros industriales y los trabajadores no cualificados, y las clases medias/altas de unos diez años.
En nuestras sociedades avanzadas y complejas, si aún había alguien que lo dudaba, ha quedado en evidencia que cultura es vida. porque es el alcoholismo, el tabaquismo, la ingesta excesiva de grasas saturadas, la obesidad y demás problemas producidos por hábitos insanos lo que produce esa diferencia en la esperanza de vida, no los medios económicos, ni la vivienda, ni el lugar de residencia.
Porque el divorcio, la negativa a aceptar los cambios inherentes a la transformación tecnológica, económica y social, persiste. E incluso, hay suficientes indicadores como para pensar que se acentúa.
La postmodernidad puede ser vista como un pacto entre la modernidad y la sociedad tradicional, y en muchos aspectos lo es. Las nuevas generaciones, en sus comportamientos, en sus escalas de valores, en su forma de construir socialmente la realidad, son indudablemente postmodernas (hablo sobre todo de las masas urbanas). Pero en las clases dirigentes (tanto de izquierdas como de derechas), y el establecimiento, se mantienen plenamente en el territorio simbólico. En función de ello, la propia organización del poder, empezando por el Estado, y continuando por la organización interna de los partidos políticos, de la justicia, de las clases empresariales o de las organizaciones sindicales, de los profesionales, de iglesias, sectas y demás aparatos de control social, sigue edificada sobre el modelo simbólico. Y mientras sea así, el divorcio se mantendrá, más allá de la voluntad, los intereses o las necesidades de los individuos, los grupos y los colectivos.
Pondré un ejemplo para que se comprenda lo que quiero decir. En los años sesenta, dentro de las actividades de promoción nacidas de planteamientos radicales o de vanguardia, organicé o comisarié varias exposiciones colectivas internacionales que se celebraron no sólo en Madrid, sino también en capitales de provincia o incluso pueblos de lo más tradicional y conservador: Por ejemplo, Cuenca, Ciudad Real etc...
En el curso de una de estas exposiciones, entablé conversación con una visitante. Era una señora de mediana edad que iba acompañada de dos niños de entre siete y nueve años. Le pregunté si le gustaba lo que estaba viendo, y su respuesta fue afirmativa y muy explicativa. Reconoció que se estaba divirtiendo mucho.
En un momento posterior, comentando una de las obras expuestas, yo la designé como “poesía”. Entonces, la buena mujer alzó su mano de forma rotunda y me dijo:


- Alto ahí...Una cosa es que todo esto me guste y me divierta, y otra que sea poesía. Hasta ahí podíamos llegar.


Nos despedimos sin hablar más.
No tuve ninguna duda sobre la lógica que, para ella , tenía su punto de vista. Su educación –como la mía, por otro lado- estaba fundamentada en la existencia de principios absolutos y no sometidos a cambio o revisión. Ella podía aceptar la innovación y el cambio, siempre que no se cuestionara de forma contundente esos principios, porque en tal caso, todo los demás (principios) se vendrían abajo. Y eso, para ella, no era negociable.
Su posición era la misma que la de tantos gobernantes, hombres poderosos o simples dirigentes de una entidad cultural: sólo se puede aceptar la innovación si no afecta a los “principios fundamentales”. Y cuando eso no es posible por la propia naturaleza de la innovación, es imprescindible imponer las viejas normas de forma autoritaria y sin apelación, sin dar lugar “al libre examen” ni permitir disidencias. O siempre que eso ha sido posible, mantener a la mayor parte de la población en un nivel a-cultural, ya sea por justificaciones sexuales, sociales, religiosas o políticas.
En los casos menos extremosos y no tan autoritarios, los mecanisnos represivos han sido más sutiles, pero no menos eficaces:
En definitiva: La aparente apertura y falta de coerciones y limitaciones de la postmodernidad, está edificada sobre la roca del integrismo más neto, y no podemos excluir que, como en el pasado, siempre que los cambios ha tocado a zonas neurálgicas del poder, la reacción en contra pueda ser de una extremada violencia. El divorcio sigue siendo traumático, pero aún podría serlo más.
La cuestión es que este divorcio, esta incomunicación planificada, en la que los detentadores del poder cultural actúan como jueces y como parte, ha mantenido a todas las sociedades avanzadas con un tectónica inestable. Son sociedades que no se sostienen por sí mismas, o cumpliendo las leyes de las interrelaciones sociales. Sólo la violencia, ejercida a través de la represión legal, del dinero, del ventajismo social, cuando no simplemente de la mentira y la falsificación, mantiene una apariencia de cohexión.
Pondré un ejemplo, de la propia historia del arte, para no salirme de pista. En los años noventa (del siglo XX, claro), en la especialidad de escultura de la Facultad de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría (sic), de Sevilla, aún estaba terminantemente prohibido en todas las asignaturas, el uso de “cualquier cosa que tuviera que enchufarse”. Es decir, sólo se podía utilizar la tecnología (o más bien pre-tecnología) propia del siglo XVI. Artesanía pura y dura.
Lo curioso, y lo inmoral, claro, era que los propios profesores, sin recatarse, utilizaban en sus propios trabajos, realizados durante las horas lectivas, y delante de los propios alumnos, esa tecnología prohibida, que se les negaba.
Yendo a terrenos más generales, ¿qué se puede decir de la violencia estadística que los Estados perpetran contra los ciudadanos más pobres e indefensos?. Haciendo uso de un violencia legal que ya ni siquiera se disimula, los gobiernos establecen el aumento de los precios excluyendo a sectores tan determinantes para la vida de cada individuo como el de la vivienda. Así el aumento de las pensiones, la subida del salario mínimo, etc..., se hace sin tener en cuenta el crecimiento espectacular del precio de las viviendas.
Bueno, como comprenderá el sufrido lector, en lo que aún queda de este panfleto, vamos a seguir hablando de esa grave cuestión, más grave porque nadie habla de ella, en una confabulación del desconocimiento y los intereses más primitivos. Y lo haremos porque no se puede comprender casi nada de lo sucedido con la cultura, con la convivencia, especialmente en sus crisis, y con la propia historia de la humanidad. Piense el lector en la llamada violencia de género, producida directamente por la pervivencia de códigos atávicos en una sociedad postmoderna.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: Felipe Boso

El "Apunte de Felipe Boso" que sigue, fue escrito hace varios años. Desde entonces, el interés por este poeta palentino no ha dejado de crecer. Sus libros se reeditan total o parcialmente, se le hacen homenajes, etc... Lo más lógico es que esta tendencia continue, y su obra inédita, sus escritos teóricos y críticos, se editen en forma de libro. Vistas así las cosas, este apunte debería ser más sustancioso y profundo. A pesar de todo, confío en que pueda ser útil para que las personas que aún no conocen a Felipe Boso, y se interesen por él.


La aparición de Felipe Boso en el precario panorama de la poesía experimental en España de los años setenta, fue un auténtico premio de lotería. Su temprana muerte (a los 56 años) en 1983, una desgracia irreparable. En ambos casos, la historia discurrió por caminos bien distintos de los que, en apariencia, estaban prefijados.
En el verano de1970, Boso fue una inyección de energía, de sentido común, racionalidad y eficacia. Apareció en mi domicilio de Madrid, después de un primer contacto epistolar, con su libro T de trama, que acababa de recoger en Santander, de paso desde Bonn donde residía desde los años cincuenta.
Aunque estaba a cientos de kilómetros de España, mantuvo relaciones más estrechas y positivas con revistas y editores españoles que los que vivíamos en la calle de al lado. En 1983, su muerte marcó el inicio de una nueva época para la poesía experimental en España.
Y también para algunos de los que llevábamos años trabajando en ese terreno. Lo mismo que el año 1975 fue el fin de un periodo, y el comienzo de otro, 1983 reúne una serie de hechos que dibujan nuevas actitudes y comportamientos. Hasta comienzos de los noventa, la poesía visual se separa cada vez más de sus orígenes experimentales, y a través de varios autores, se asocia cada vez más con el mail art o arte correo y con la performance en su versión de poema acción. También se produce la recuperación de Joan Brossa por parte del negocio del arte, y con ello la poesía visual llega a un público no especializado.
No tiene, desde luego ningún sentido especular sobre si todo se hubiera desarrollado tal como fue, si Boso hubiera permanecido operativo y con sus energías de siempre. Pero desde luego, como en el caso de la muerte de Julio Campal, su desaparición fue muy negativa.
Nadie que no llegara a conocer y tratar a Felipe puede hacerse una idea de su inteligencia, de su cultura y su bonhomía. Uno podía tener siempre la seguridad de que él en cada caso encontraría los argumentos para remediar un conflicto, o las razones para perdonar un olvido o incluso una ofensa.
Felipe era un hombre de una educación estricta, y ello incluía ser muy respetuoso a la hora de hablar de cualquier persona. Lo cual no excluía que tuviera un fino humor. En el mes de julio de 1978, le hice una visita en Meckenheim (un pequeño pueblo en las afueras de Bonn, donde vivía con su mujer Antje y sus tres hijos), y me quedé durante varios días en su domicilio. Unos meses antes había tenido su primer infarto de miocardio (el segundo, causa de su muerte, lo tuvo en 1983), y hablando de ello me comentó:

- La verdad es que es muy llamativo que me diera el infarto después de tener en casa como invitado durante un fin de semana a Carlos Edmundo de Ory. Y que justo el día antes, recibiera la antología que Manolo Bouza ha hecho para esa Universidad de París...

Coincidiendo con la preparación de estos “Apuntes” he revisado la correspondencia con Felipe Boso, y he leído alguna de las extensas e intensas cartas que me escribió. En algunos casos ha sido muy emocionante, porque su escritura mantiene una vitalidad que desborda, en otros la melancolía ha contaminado la atmósfera.
Muchos años después de su muerte, queda su poesía, tan textual y a la vez tan intelectual y emotiva. Los poemas de Felipe Fernández Alonso, que conocemos como Felipe Boso, un poeta fundamental del siglo XX.




Villarramiel de Campos, lugar de nacimiento de Felipe Boso, le ha dedicado una calle.

martes, 8 de diciembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: Juan-Eduardo Cirlot

Los autores incluídos en mi libro "Apuntes so bre escritores radicales" pertenencen a varias generaciones, separadas entre sí por varios decenios. Esto se debe a que, tras los inicios de los años sesenta, en los comienzos de los setenta, el grupo N.O. creó una nueva atmósfera con la bandera de la poesía experimental como referencia. Debido a ello, escritores pertenecientes a generaciones muy anteriores, como en le caso que hoy nos ocupa, de Juan-Eduardo Cirlot, se acercaron de inmediato a los nuevos planteamientos, e incluso se sumaron a las primeras filas de la vanguardia renacida. Este hecho, debido a su carácter atípico (los jóvenes guiaron a los mayores) no ha sido comprendido hasta ahora por los historiadores, y en algunos casos se ha interpretado en sentido contrario a lo que verdaderamente sucedió. Es lo que se puede esperar cuando sde transgreden las normas y las costumbres. Aparte de esto, estos autores hicieron aportaciones muy significativas a la poesía experimental, y es bueno y adecuado señalarlo. 

Julio Campal nunca llegó a conocer en persona a Juan-Eduardo Cirlot, ni llegó a cartearse con él, aunque sí conocía sus publicaciones como crítico, e incluso su poesía. Y yo no hubiera llegado a tratarle posiblemente si Campal no hubiera muerto y yo no hubiera escrito una nota introductoria a sus poemas “combinatorios” para su publicación en la revista Poesía española. La fama de Cirlot como poeta, y de forma especial como crítico, era muy grande en los ambientes culturales, y más aún en el mundo de las galerías y los pintores en el que se movía habitualmente Campal.
A Cirlot le seguía también un “áurea negra”, una fama de la que se hablaba en contadas ocasiones, pero que todo el mundo conocía. Es cierto que cada persona tenía su propia versión, no pocas veces contradictoria con la de los demás. Y es que era una leyenda fundada en algunos datos reales, pero alimentada por tópicos, verdades a medias, deformaciones... Especialmente enconadas eran las “denuncias” sobre la ideología “nazi” de Cirlot y su pretendida defensa del lugarteniente de Hitler, prisionero de los Aliados.
Los hechos, ahora conocidos, ponen a cada uno en su sitio, pero la verdad es que en los años sesenta, para acercarse a Cirlot había que tomar una decisión claramente arriesgada. Porque la fama de este poeta-crítico-teórico (para mí, por encima de todo, artista) era cierta sobre todo en lo referente a su carácter peculiar y a sus ideas obsesivas.
Es muy posible que si el propio Cirlot no hubiera tomado la iniciativa y me hubiera escrito, nunca se habría iniciado nuestra relación. Fue a propósito de esa nota que acompañaba a una pequeña antología de poemas de Julio Campal que publicó la revista de Jose García Nieto, Poesía española. En ese texto yo citaba a Cirlot como precedente de los poemas combinatorios de Campal, entre otras razones porque él mismo me lo había confesado.
La carta, fecha el día 8 de julio del año 68, tras el saludo inicial, iba directamente al asunto: “”Ayer, gracias a que Molina me envió el nº de mayo de “Poesía española” vi su artículo citándome, lo que le agradezco pues en este país (y acaso en los otros) todo cae en la nada.”
La carta venía acompañada de la reedición (que se acababa de imprimir de su libro del año 1955) Palacio de plata junto con Cristo cristal, que había sido su primera obra producida por lo que él llamba el “procedimiento permutatorio absoluto”. El resto de la carta era para defender su modelo, derivado de “la técnica dodecafónica de Schoenberg.” En la parte superior de la carta, escrita a mano, una postdata me indicaba que si me interesaba su “poesía ya le mandaré otras cosas mías.”
Aproximadamente un mes después, hice un viaje a Italia, para participar en el Festival de Fiumalbo, y en la parada de Barcelona, llamé a Cirlot por teléfono que, de inmediato me invitó a ir a su domicilio en la calle Herzegovino. Fuí allí en efecto, por la tarde, y mantuvimos una cordial entrevista.
Al finalizar me acompañó hasta el autobús, y –lo recuerdo bien- detenidos en una escalera que comunicaba dos calles, me habló de su relación con Antoni Tapies:

- Así es la vida: Yo que me inventé a Tapies, tengo que ir todos los días a trabajar a la editorial para mantener a mi familia, mientras que él vende sus cuadros a un millón de pesetas. Pero dicho esto tengo que reconocer que, mientras yo escribo lo que quiero, Tapies tiene que pintar siempre el mismo cuadro por imposición de su marchand.

Diez años después de su muerte (en 1973), escribí y leí para una sección de Radio-3 (RNE) un artículo sobre Cirlot en el que utilizaba la metáfora de la hoguera ardiente, terrible, a la que nadie puede acercarse hasta que se convierte en rescoldos. Es decir, hasta que muere. Y anunciaba, ya entonces, una continua recuperación de Cirlot, sobre todo como poeta.
Por cierto que, en los últimos meses de su vida, experimenté una curiosa e inexplicable sensación : Me fue imposible contestar a varias de sus cartas. Un día me llegó la noticia de su muerte a los cincuenta y pocos años. También diez años después viví una experiencia casi gemela con Felipe Boso. Seguramente, el propio Cirlot hubiera estado muy interesado en esta experiencia, si yo hubiera sido capaz de comunicarme con él.
Justo en esos años, Cirlot trabajó en sus poemas fonoplásticos, acercándose a la poesía visual de forma consciente y deliberada, para sorpresa mía. Aún guardo las fotocopias que me envió, y sobre las cuales nunca llegué a decirle nada.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: Julio Campal

Julio Campal es uno de los autores incluidos en "Apuntes sobre escritores radicales". Y a pesar de que sigue siendo un poeta del que se desconoce casi todo, mi texto tiene un sesgo cuasi anecdótico. Pero es cierto que estos apuntes han ido naciendo a lo largo de los años de forma inesperada e injustificada. Tienen su propia ley, aunque yo no sepa cual. En todo, caso, ese apunte habla del Julio Campal más humano. Más desconocido aún que el poeta.

Ya se ha cumplido el cuarenta aniversario de la muerte de Julio Campal en Madrid (fue el 19 de marzo de 1968). Reconozco que a mí me parece que fue ayer, porque el recuerdo –tal vez por ser trágico- permanece vivo, disponible, sin desdibujarse.
Ahora que lo pienso, sin embargo, creo que todo lo referente al propio Julio ha superado estas décadas sin desgastarse. Como los padres que, al morir jóvenes, siguen sin envejecer para sus hijos, también los poetas muertos (o desaparecidos como Arthur Rimbaud) en plena juventud, permanecen en la historia eternamente jóvenes.
En el caso de Julio Campal, hay además otros argumentos para comprender esta permanencia, pero no es esta la ocasión para ocuparme de ellas. Hoy se trata de dibujar un apunte de la persona, aunque tenga que serlo también del poeta y del hombre de vanguardia.
En los años que vivió en Madrid aún no se había acuñado el término sudaca para referirse a los sudamericanos que fueron llegando en oleadas. Desde luego, Campal era lo menos parecido a un logrero, aprovechado o abusón que pueda imaginarse. Era un moderno en lo bueno y en lo malo, y un progre avant la lettre. Pero también conservaba rasgos conservadores en lo referente a los compromisos y la amistad.
Una noche de luna llena, caminando por el Monte Igüeldo en San Sebastián, me refirió el extraño suceso de su caída al mar, desde el barco que le transportaba a Mallorca en plena noche. Después de no pocas peripecias consiguió llegar nadando a un islote en el que había un faro, y allí fue rescatado por una barca de pesca que le transportó a Valencia. Ante su falta de documentación, y su confusión mental, las autoridades le internaron en el manicomio, donde permaneció varios días hasta que se pudo poner en contacto con Camilo José Cela, que le ayudó a viajar a Palma de Mallorca, donde recuperó su equipaje.
Cela creyó desde el primer momento que se había tratado de un intento de suicidio, e incluso mandó un propio a Valencia para que investigara los datos de la inusual historia.
Campal me dijo que no se había tratado de un intento de suicidio. Según él, lo que había sucedido es que para luchar contra el innsonio que padecía, había tomado una fuerte dosis de barbitúricos, y para esperar a que le hiciera efecto había caminado hasta la popa del barco, y allí se había sentado en la barandilla. Era lo último que recordaba, antes de sentirse flotando en el mar, viendo como el barco profusamente iluminado se alejaba de él en medio de la noche.
Según su criterio, lo que le salvó fue lo mismo que le había llevado hacia el problema: Los barbitúricos. Cuando se vio en el agua, y ante la imposibilidad de hacerse oír por los tripulantes, consciente y calmado, se puso a nadar en sentido contrario al del barco. Estaba tan calmado que en ningún momento sintió pánico, ni siquiera miedo.
Después de oír el inquietante relato de su naufragio, caminamos durante unos minutos en silencio, ascendiendo al monte. Después Campal me preguntó:


- Si yo estuviera dispuesto a suicidarme y te pidiera ayuda ¿tú me la darías?.


Sin detenerme a pensar una respuesta, ni armar un argumento, respondí:


- No. De ningún modo.


- Y si dependiera de ti ¿me lo impedirías?.


- Sí.


- ¿Por qué?.


- Porque no quiero que mueras.


- Pero eso no puedes impedirlo.


- Pero sí puedo impedir ser el testigo, y sobre todo el responsable. Yo creo que uno no puede poner a un amigo en un brete así: Algo que va a permanecer en su conciencia para el resto de su vida.


- Pues yo te ayudaría a ti si tú lo necesitaras.


- Es posible que tú tengas un sentido de la amistad más profundo que el mío.


Campal ya no me respondió, y volvimos andando en silencio hasta la pensión. Seguramente para su visión romántica de la vida el suicidio no era algo tan difícil de aceptar como para mí. O su sentido de la amistad era, seguramente, de unas características imposibles de comprender desde mi experiencia.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: José Luís Castillejo

En los "Apuntes sobre escritores radicales" (libro que ya tengo a falta de una revisión de estilo, listo para entregar a la editorial) los sujetos elegidos forman un universo variopinto y peculiar. Las caracterícticas de la poesía experimental como movimiento, hace que sus practicantes y autores asimilados, tengan una extracción social muy variada. Y que se den incluso casos de auténticos outsiders. Lo cual en un movimiento marginal, ya es ser. Hoy reproduzco de este libro el apunte que hice sobre José Luís Castillejo hace años, sin cambiarlo una coma, aunque en la actualidad me parezca poco profundo. Pero también es cierto, que profundizar en algunos terrenos, no siempre es aconsejable.

José Luís Fernández de Castillejo y Taviel de Andrade ha vivido una gran parte de su vida fuera de España, primero como emigrado político (acompañando a sus padres) a partir del año 1937 y hasta 1953. Después como estudiante en Francia e Inglaterra. Y a partir de 1960, como parte de su ejercicio de la Carrera Diplomática. Y sin embargo, sus características españolas (o mejor aún sevillanas), han permanecido incólumes. Puede decirse que Castillejo es español por los cuatro costados tanto en lo bueno como en lo malo.
Más aún: Es un señorito andaluz. Es decir, la quintaesencia de los señoritos españoles. Y además, su experiencia del poder a través de su profesión ha reafirmado sus características aristocráticas, aunque curiosamente nunca ha querido ostentar ninguno de los títulos de nobleza que había heredado de su padre.
Y es que Castillejo es también, y de forma muy determinante un intelectual, por vocación, por afición y por dedicación. Además es un intelectual con una formación excepcional por su conocimiento de idiomas, por sus contactos personales, por sus viajes, por su actividad como coleccionista de arte contemporáneo, etc...
También porque es un lector compulsivo. En los primeros años setenta, durante una estancia de varios años en Madrid, por imposición del servicio diplomático, Castillejo solía regalar a algunos amigos (entre ellos Alfonso López Gradolí, que era vecino suyo, y le hacía descaradamente la pelota) libros y revistas recién editados en Francia o USA, porque su esposa sólo le dejaba tener en su domicilio mil libros. Así para que entrara uno nuevo, tenía que salir uno antiguo.
Sólo desde prejuicios ideológicos (a favor o en contra) puede considerarse a los señoritos españoles como un colectivo negativo. Son más bien el producto de una historia y el resultado de unas condiciones sociales y políticas. El propio Castillejo no tiene dudas al respecto, aunque eso influya poco o nada en su propia forma de actuar y ver el mundo.
En una visita a Berlín, un diplomático que había trabajado a las órdenes de Castillejo cuando era cónsul en Sttutgart, en los años setenta, me refirió la siguiente anécdota:
Cuando José Luís llegaba por la mañana a la sede del consulado, le daba las llaves de su automóvil al bedel, y le decía:


- Tráigame usted el automóvil.


- Sí, don José Luís, ¿Donde está aparcado?.


- Querido, si yo supiera donde aparqué el coche, no tendría ninguna necesidad de que usted me lo trajera...


Esta escena y otras parecidas, se repetían habitualmente sin que Castillejo pareciera considerarlas insólitas o impropias.
Entre los aspectos positivos de su visión señorial de la vida, hay que señalar su despredimiento económico a la hora de ayudar a Juan Hidalgo y Walter Marchetti, en la época en que formaba parte del grupo zaj. Aparte de la invitación que les hizo para vivir durante varios meses en su residencia oficial del consulado en Argel, está la total financiación de los libros Viaje a Argel, de Juan Hidalgo, y Arpocrate sedutto sul loto, de Waltter Marchetti.
Lo mismo puede decirse de la mayor parte de los “cartones” y tarjetas de la primera época zaj. También es muy probable que ayudara a sus amigos en algunos de los viajes al extranjero, y en concreto el que hicieron a Londres en el año 66 para asistir al Simposio sobre la destrucción en el arte, del que Castillejo tuvo que huir ante la posibilidad de ser detenido por la policía inglesa, y verse mezclado en un incidente diplomático.
Este comportamiento es muy llamativo si tenemos en cuenta la actitud de Castillejo ante el dinero, a partir de los problemas que tuvo con el gobierno socialista a finales de los años ochenta, cuando el ministerio de Asuntos Exteriores quiso expulsarle de la Carrera Diplomática. Aunque no lo consiguió, Castillejo vivió la primera crisis económica de su vida adulta, y a partir de entonces se volvió una persona obsesionada por el dinero.
En los pocos estudios que se han hecho sobre zaj, el protagonismo y el significado de Castillejo son casi inexistentes. Al personalizar en Juan Hidalgo toda la historia, y al ser las propuestas de Castillejo tan distintas y tan distantes de las del resto de los miembros zaj, los estudiosos guardan silencio. Y es que para comprender a Castillejo hay que conocer su relación con el mundo de la cultura norteamericano, desde el modernismo a Greemberg, pasando por el expresionismo abstracto y los minimalistas.
A finales del siglo XX, cuando Castillejo se jubiló de la Carrera Diplomática se dedicó durante varios años a escribir una serie de ensayos sobre la escritura, la experiencia estética, el espíritu, etc... Estos trabajos tienen títulos como Los lenguajes del espíritu; La comprensión de la escritura; El fin de la sabiduría; Profundidad. La metáfora; Cultura de la incomprensión, etc... Es decir varios miles de folios escritos en una letra redondilla que se lee muy bien (cosa rara en un escritor profesional).
Se trata de ensayos con una voluntad anti-académica (no llevan citas ni referencias bibliográficas de ningún tipo) , escritos en una prosa muy cercana a la de sus textos sobre la escritura no escrita de los setenta. Sus planteamientos trabajan con tesis de la psicología post-jungiana y el neo-budismo norteamericano. Pero Castillejo va más allá de las neo-filosofías porque él es por encima de todo, un escritor moderno que derrama una elocuencia postextual.
Como en el caso de sus libros de creación, todos editados por él mismo, estos escritos permanecen en una tierra de nadie intelectual y social. Castillejo nunca ha creído en los grupos ni en la solidaridad artística. El se considera a sí mismo un profesional y no acepta componendas. Lo cual significa que estos libros necesitan de un milagro para verse editados. Y últimamente los milagros parecen haberse volatizado. (Lo cual no quiere decir que no los haya, porque haberlos, haylos).

lunes, 9 de noviembre de 2009

Cambios fundamentales del siglo XX y otros presupuestos (inadvertidos) para empezar a entendernos

(Artículo de "Panfleto contra o -preferiblemente- a favor del arte la poesía y la música del siglo XX".


Digamoslo de entrada: En el siglo XX tiene lugar un cambio de época en Europa y USA en todos los terrenos fundamentales de la sociedad.
Pero sobre todo, en la estética, que es el cemento que une al resto de los componentes culturales y sociales. Porque contra lo que muchos piensan y mantienen, el fenómeno estético es un componente fundamental de cada sociedad, y está íntima y profundamente interrelacionado con el resto de los fenómenos sociales. Y no me refiero a la teoría del reflejo, ni a la superestructura marxista, sino a una situación de vasos comunicantes, que producen una interdependencia de equilibrios inestables y cambiantes que conforman el conjunto en un momento determinado.
Cuando la inestabilidad aumenta, y los cambios arrastran lo establecido, cada parte implicada organiza sus respuestas para recuperar el equilibrio, o al menos, no ser arrastrados a su vez por la vorágine. Es un principio biológico al que ningún ser vivo o ninguna organización social escapa. Y el equilibrio sólo se consigue cuando las nuevas aportaciones son asimiladas y empiezan a consumirse. Con lo cual, si estas aportaciones tienen fuerza suficiente, se inicia un nuevo proceso de desestabilización. En el siglo XX hemos vivido en una atmósfera tan cambiante, que no pocas personas han llegado a pensar que eso era lo habitual también en tiempos anteriores.
En algunas circunstancias históricas, como ha sucedido en el siglo XX, los cambios son tan repentinos, o de tal calibre y presencia, que la sociedad o los colectivos sucumben irremediablemente. En otros caso no tan extremos, la sociedad mantiene un cierto grado de cohesión, a pesar de no poder arbitrar respuestas eficaces ante los cambios. Pero en esos casos, colectivos particulares, grupos o individuos aislados, deben pagar un alto precio en sufrimiento, enfermedad, pobreza y muerte. Las contradicciones las tiene que pagar alguien. Véase las dos guerras mundiales que han asolado el siglo XX, y que al mismo tiempo que han beneficiado a una minoría, han producido millones de muertos, mutilados, enfermos crónicos, y daños masivos en todos los terrenos. O sin ir tan lejos, veamos el caso de la Guerra Civil en España, producida por una reacción contra la llegada de cambios culturales, sociales y políticos, considerada amenazante por las clases ultra-conservadoras. Esta terrible tragedia puede ser vista como el resultado de un conflicto cultural. De ahí que el régimen de Franco intentara que en las costumbres, en la religión, en la educación, España volviera pura y simplemente al siglo XVIII. Y no sólo se trató de un intento, sino de un proyecto largamente mantenido, con resultados que, aunque están a la vista de todos, se suelen ignorar olímpicamente.
Toda la historia del siglo XX, y de forma especial los grandes acontecimientos traumáticos, como las dos Guerras Mundiales, sólo se pueden comprender si recordamos que nacieron de sociedades que habían apostado por el desarrollo tecnológico, al mismo tiempo que imponían el mantenimiento de una cultura tradicional, agotada y periclitada. El resultado ya lo sabemos: Coerción social y militarismo. El caso de Alemania, capaz de provocar y perder dos Guerras Mundiales antes de aceptar un cambio cultural y social (pasar de la sociedad cerrada a la sociedad abierta, por utilizar los conceptos de K R Popper), es realmente patético sin dejar de ser trágico.
Es muy llamativo que existan tan pocos trabajos sobre la reacción conservadora contra la modernidad, tanto en la cultura como en la política, las costumbres, en los siglos XIX y XX, en tanto abundan los libros sobre los efectos destructores de las distintas líneas de los radicalismos. Incluso en el terreno del arte los expertos llegan a hablar de “vanguardias destructivas” o negativas, referidas sobre todo a Dada. Se habla de nihilismo, viendo en este concepto tan sólo su parte destructora, su afán de hacer tabla rasa, sin concederle ningún aspecto positivo. Sin embargo se estudia poco, o de forma anecdótica tan sólo, los episodios más flagrantes de la reacción antimoderna, como toda la historia del “arte degenerado” en Alemania, o la imposición del realismo en la Rusia soviética.
Lo que cuesta trabajo comprender, y sobre todo aceptar, es que nadie niegue que en el siglo XX todo lo que nos afecta, todo lo que nos alimenta o nos intoxica, lo que da sentido a un vida y lo que puede llevarnos a la destrucción; la forma de ver, entender y considerar los datos inmediatos de los sentidos, junto con las propias dimensiones de eso que seguimos llamando conciencia; también las consideraciones que nos hacemos sobre lo que es trascendente o no, y las nuevas formas de aceptarlo o rechazarlo; y no digamos el propio significado de la experiencia humana más básica..., ha cambiado radicalmente, pero no actúe en consecuencia.
Puestas así las cosas, no queda más remedio que hacerse la pregunta: ¿Si en el siglo XX todo ha cambiado, cómo es posible que algunas personas, algunos grupos, partidos políticos, iglesias y demás, consideren que en las cuestiones fundamentales para ellos mismos, porque afectan a lo que llaman el espíritu, nada deba cambiar?. ¿Cómo puede ser que la cultura, justo lo que el hombre ha inventado y lo que le hace alejarse cada vez más de la naturaleza, de lo animal, tenga que mantenerse inmutable, eterna, sin dejarse afectar por los cambios más profundos conocidos por la historia de la humanidad?.
En líneas generales, el cambio de época producido por la nueva mentalidad científica, las aportaciones de nuevas disciplinas como la psicología, por las innovaciones tecnológicas, el protagonismo de la prensa, y sobre todo por los cambios poblacionales producidos por la industrialización, actúan como una levadura que pone en ebullición fuerzas desconocidas hasta entonces, y les da un nuevo significado a las tendencias más revolucionarias.
El alto nivel de alfabetización alcanzado en los países más avanzados (Francia, Alemania, Inglaterra) unido al desarrollo editorial, y sobre todo a la proliferación de la prensa, da lugar a fenómenos inexplicables sin estos hechos. A partir de los años sesenta, los estudiosos detectan en la escritura el origen y la causa de una nueva forma de pensar, y por ello, una nueva forma de vivir. Desde Marshall McLuhan a Jacques Derrida (cada uno con hipótesis y desarrollo propios e incluso contrapuestos), convierten a la escritura alfabética en el objeto de nuevos disciplinas.
Por lo que a nuestra materia se refiere, el cambio fundamental se produce en una serie de etapas durante el siglo XIX, como lo indican los ismos. Su punto de partida es el nacimiento de lo que, siguiendo la norma de la época, llamamos el espíritu de la vanguardia, en Francia, naturalmente: “El Arte, expresión de la Sociedad, manifiesta en su impulso más alto, las tendencias sociales más avanzadas: es anticipador y revelador. Ahora bien, para saber si el arte cumple bien su papel de iniciador, si el artista está verdaderamente situado en la vanguardia, es necesario saber a donde va la Humanidad...” (Escrito de Gabriel-Desiré Laverdant de 1845, citado por Renato Pogglioli, Teoría del arte de vanguardia, p 25).
Con el final del siglo XIX se extiende por toda Europa una nueva forma de pensar que, en consonancia con esos años, podemos llamar vitriólica: Friederich Nietzsche pregona la muerte de Dios, el descrédito de cualquier moral y el nacimiento del superhombre. Todo un programa para los más radicales partidarios de la nueva época.
En el siglo XVIII el denominado Antiguo régimen entró en crisis con la Revolución francesa y la Revolución industrial inglesa. En ambos casos se trataba de una crisis muy profunda que respondía al fin del modelo de las sociedades tradicionales, organizadas en un orden jerárquico que se defendía mediante una noción absoluta de la autoridad, es decir simbólica y no referenciada o justificable. Verdades simbólicas y por lo tanto absolutas a todos los niveles, como respuesta a una organización del poder absoluta, omnímoda, sin fisuras.
Como se pretende igual siempre a sí misma, esta sociedad tiene que controlar todos los componentes, y de forma muy especial aquellos que renuevan las fórmulas, introducen novedades o pone en cuestión la forma de vida tradicional. Entre ellas, y de forma brutal si es necesario, el mundo de la cultura, las ideas y la espiritualidad. Es el despotismo, que en el mejor de los casos, se vuelve ilustrado para permitir ciertas innovaciones técnicas y tecnológicas que les permitan competir con los países más evolucionados, pero sin que se filtren virus culturales.
En el campo de la plástica, la gran novedad del siglo XX es la aparición de lo abstracto como un valor autónomo, y la gran aportación el principio collage. En el musical, el abandono de la armonía y sus complementos, la melodía y el ritmo, es el momento de la liberación, y la expansión conceptual, para incluir lo sonoro en cualquiera de sus componentes, el gran avance. En el poético, el verso libre es el fin de una época, y la ampliación de la idea de metáfora el comienzo de otra. Estos cambios se producen, casi simultáneamente, y en un periodo relativamente pequeño para cuestiones tan fundamentales.
Pero no nos dejemos llevar por los detalles: La gran cuestión, el cambio fundamental que a su vez posibilita y da sentido a todos los demás cambios y rupturas, es el cambio en la forma de ver, considerar y actuar frente a la experiencia vital. Es decir, el cambio que tiene lugar en la mente y la conciencia de los hombres, como respuesta a la crisis de la antigua sociedad, y a las novedades que se producen continuamente, que les hace interpretar de forma voluntarista todo el conjunto. Nuevas conceptualizaciones de materias básicas, como el tiempo, el espacio, el azar y la necesidad, lo feo y lo bello, el acontecimiento y lo habitual, etc dan lugar a la aparición de nuevos comportamientos, impensables con los modelos anteriores.
Las personas que toman sobre sus espaldas la responsabilidad de interpretar las demandas y exigencias del nuevo mundo, cae fácilmente en el voluntarismo, y eso les hace cometer excesos de todo tipo: Llevado por la radicalidad tecnológica, Apollinaire interpreta que después del cine ya no tienen sentido las disciplinas tradicionales de la literatura; Marinetti pone en la tecnología toda su pasión de visionario y de fundamentalista de lo nuevo: “Un coche de carreras s más bello que la Victoria de Samotracia”.
Pero no nos engañemos, ni nos dejemos llevar por un fundamentalismo de sentido contrario: Sus equivocaciones eran el producto de la pasión, de la voluntad de resolver la crisis en la que estaban envueltos los países y los individuos más adelantados, de forma inmediata y definitiva. Pero sus juicios, o más bien sus intuiciones eran profundas y no estaban equivocadas salvo en su absolutismo. El cine ha dado lugar a nuevas disciplinas que podemos llamar literarias, es reconocido y aceptado como una forma de arte; quien esté libre de emoción, de una intensa sensación estética ante un vehículo automóvil, de nuevo diseño, recién salido de fábrica, que tire la primera piedra contra el creador del futurismo...
Ellos no pretendían convertirse en maestros ni ser reverenciados ni premiados por su dedicación y esfuerzo, como era norma en la sociedad tradicional. Justo lo contrario: Si no aspiraban. al menos aceptaban los insultos, agresiones y descalificaciones que desde todos los frentes les llegaban, y los convirtieron en condecoraciones, en medallas, en premios, en signos de una nueva época.
La idea que subyace en los ismos de que para cambiar la sociedad es necesario, en primer lugar, cambiar al hombre, cambiar al individuo en sus convicciones y sus motivaciones, hay que reconocer que en el siglo XX se ha producido, al menos en determinados niveles sociales, colectivos y grupos. Si algo no se puede poner en duda es que los adolescentes que han vivido el cambio de milenio, piensan, sienten, reaccionan, comen, hacen el amor, se desplazan, se visten, se insultan o se califican, y en definitiva, viven de forma bien diferente que sus tatarabuelos que vieron nacer el siglo XX, y poco después marcharon bajo las fanfarrias a los frentes de la Primera Guerra Mundial. Les separan cien años, pero en términos cualitativos podrían haber transcurrido varios cientos.
Estos cambios tienen que ver, no sólo con las escalas de valores por las que cada grupo humano rige su vida, sino también con la forma de entender esas escalas y esos valores, e incluso con la aparición de nuevos valores, inexistentes o poco relevantes hasta entonces. Véase el ecologismo.
Uno de los lugares comunes de los representantes del pensamiento tradicional, y en los últimos años de los llamados neoconservadores o neocon, es justo la crítica o la queja de la pérdida de valores, para ellos fundamentales de la sociedad tradicional, en el siglo XX. Estos políticos, periodistas y pensadores no han detectado, sin embargo que la pérdida de valores en sí misma no ha sido lo más decisivo que ha sucedido, sino el cambio de valoración y por lo tanto de actitud hacia todo lo que tiene que ver con los “valores”.
Decía Paul Valery que es más difícil cuestionar un valor o una norma de manera expresa que incumplirlo en la práctica. En la postmodernidad esa posición se ha convertido en una virtud, no en un defecto o falta de autoexigencia. Ya no se trata de individuos laxos o de practicantes tibios: estamos ante una sociedad laxa, tibia, o blanda, según la denominación postmoderna.
El principio de la dialéctica de Hegel, de que la cantidad, llegada a un cierto punto se convierte en cualidad, y la presunta rebelión de las masas es tan sólo una cuestión de número: El hombre-masa no es ya el plebeyo, ni el paleto, ni el criado. Pertenece a una nueva época económica y tecnológica, y es por lo tanto un tipo de hombre distinto, y hay que analizarlo en función de todo ello.
Miguel de Unamuno, siempre tan auténtico, dio a principios de siglo ya un indicativo para comprender el punto de vista de las clases dominantes, y sobre todo de sus intelectuales sobre lo que estaba sucediendo con el gran cambio de época. Me refiero a su célebre afirmación “Que inventen ellos.”
Es muy llamativo que un hombre “regeneracionista”, y opuesto a los “castizos”, coincida en esta forma de pensar con el modelo más tradicional y obtuso que se desarrolló en nuestro llamado Siglo de Oro, y dio lugar a siglos de atraso y pobreza:
“Dejemos a Londres producir esos paños tan queridos de su corazón, dejemos a Holanda producir sus telas, a Florencia sus sedas, a las Indias sus pieles y vicuñas, a Milán sus brocados, a Italia y Flandes sus linos, durante tanto tiempo como nuestro capital pueda disfrutar de ellos; lo único que eso prueba es que todas las naciones trabajan para Madrid y que Madrid es la reina de los Parlamentos, porque todo el mundo le sirve a ella y ella no sirve a nadie.” (Texto de 1675 de Alonso Núñez de Castro, citado por Carlo M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindustrial, Editorial Crítica, Barcelona 2003, p 315).
Para Unamuno, la invención tecnológica era tan sólo algo externo a los individuos, y no digamos ya a su “alma”, y por lo tanto no podía afectar en modo alguno a su ser pretendidamente inmutable. La tecnología, desde luego, no iba a cambiar, desde el punto de vista de Unamuno, al hombre. Desde su ontologismo radical, el Rector de Salamanca no estaba en condiciones de comprender que “inventar” es también “inventarse”. Que con la ampliación de los sentidos se amplía también la conciencia; que a través del conocimiento de la materia, nosotros que al fin somos tan sólo materia, ampliamos eso que Unamuno llamaba espíritu. Es más: sin materia no hay espíritu (al menos en este mundo sublunar), y cuando la materia se enferma o declina, el espíritu se enferma también y declina irremediablemente, mucho antes de que llegue la muerte liberadora.
Sólo algunas mentes verdaderamente excepcionales, como la de nuestro Juan de Yepes (sobre él aún tenemos mucho que decir en este panfleto) han conseguido sacar del hambre experiencias intelectuales dignas de tal nombre. El resto de los humanos sólo sacamos ofuscamiento y perplejidad.
El punto de vista conservador de Unamuno implicaba no sólo una renuncia al progreso, sino en la práctica un retroceso o un regreso a etapas agotadas y superadas por la tecnología, los cambios poblacionales, y el propio pensamiento humano. Y con ello, una degradación de ese “espíritu” que tanto importaba al Rector y a sus compañeros de la generación del 98, porque la pobreza, la injusticia y los privilegios producen necesariamente incultura. Y el espíritu, es decir el pensamiento abstracto, es el producto más elevado y estricto (excelso, dicen los espiritualistas) de la cultura.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: María A A

Desde que en 2005 decidí apuntarme al exilio, y dejar mi participación en actividades colectivas (salvo las relacionadas con el pasado), he tenido tiempo y ocasión para dedicarme a proyectos ya iniciados pero aparcados en vía muerta. Uno de ellos es el libro "Apuntes sobre escritores radicales". Se trata de una selección de artículos dedicados a artistas muy diferentes, pero que tienen en común su afán de ir a las raices, a lo profundo de las cosas. Estos artículos han sido seleccionados entre los que he publicado a lo largo de mi trayectoria como escritor, como solución para sacarlos del olvido de las hemerotecas y bibliotecas, y también porque los autores de que tratan no cuentan con una excesiva bibliografía. Para presentar estos artículos, decidí escribir unos apuntes o comentarios, mediante los cuales el lector tuviera un acceso más fácil a estas figuras. Al escribirlos, sin embargo, perdí el norte y terminé haciendo retratos -o re-trazos- desde mi óptica más personal y subjetiva. En unos casos me salieron caricaturas, en otros pasteles y también algún carboncillo realista. Cosas de la edad. Desde luego, se miren como se miren, son textos ilustrativos.
A partir de hoy, como un adelanto del libro, voy a publicar varios de estos "Apuntes", utilizando el orden alfabético de los autores a que se dedican.

APUNTE DE MARÍA A A

Ser un artista radical, requiere ir a las raíces, o lo que es lo mismo, desnudarse de lo accesorio, de lo que nos oculta y nos distorsiona. María A.A. es una artista radical en los dos sentidos: desciende a la raiz de la experiencia estética para recobrar su impulso colectivo y vivirla sin mediación; y se desnuda para convertir su carne en el cuerpo del arte.
Desde el año 2000, María es ciudadana de la República Independiente de Triana. Una elección que, en Sevilla, vale tanto como un programa. Porque la isla de Triana (que los postmodernos llaman “de la Cartuja”) es al mismo tiempo la representación de lo más tradicional y popular, junto con la apuesta por una Sevilla ultramoderna.
Aunque estudió Bellas Artes en Sevilla, consiguió superar el trauma que semejante experiencia supone, porque María tuvo en la escritura su primera pasión, y a través de ella su primera experiencia de lo estético. Durante años, como es norma, o más bien imposición del sistema, estuvo perdida en el mundo del arte tradicional, buscando la conexión entre sus experiencias estéticas de la escritura, y las productividades icónicas tradicionales.
Y un día, después de hacer borrón y cuenta nueva con lo que le habían enseñado, la encontró en el mundo del arte de acción. La performance entendida como una forma de escritura del todo el cuerpo, con todo el cuerpo, cuerpo a cuerpo, sobre el cuerpo, según el cuerpo y sobre todo la forma de vivir el cuerpo propio y los ajenos sin simbolismos impuestos ni lecturas trascendentes.
Muchas cosas sorprenden de María, aunque todas terminan por tener una lógica impecable, a veces tranquilizadora, a menudo enriquecedora y siempre original. Esa lógica ella la aplica a todos los aspectos de su vida, de su obra y de su pensamiento, contra la lógica común, contra las costumbres, lo establecido y lo aceptado. Y los resultados siempre dan mucho que pensar. (los artistas tradicionales dan que hablar, pero los nuevos artistas, manejan ideas, y por eso dan que pensar.)

Lo mismo que tantos artistas vocacionales, María se centra en su propio mundo, en su universo estético y vital, y no trabaja para darlo a conocer. Lo cual, como en tantos otros artistas profundamente innovadores, es una verdadera desgracia para todos. Porque no se puede comprender a María si no se la conoce, si no somos capaces de andar a su paso, y ver cómo los poros de su piel transpiran un profundo sentido creativo. Entonces, en cuanto más la conocemos, más la comprendemos como artista y como persona (en ella no hay separación) y más la queremos como persona y como artista (sólo podemos quererla a las dos a la vez).



María AA realizando su performance "Alfombra roja" (León, 15 de octubre 2009)

jueves, 5 de noviembre de 2009

Oralidad y abstracción: Dos universos, dos formas de vivir


(Artículo de "Panfleto contra o -preferiblemente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX")

Después de escribir el apartado anterior (hace referencia al texto publicado el viernes 30 de octubre en este mismo blog) he tomado conciencia con más intensidad de un hecho crucial de mi vida: Desde la adolescencia (calculo que sobre los dieciséis años) he vivido a medio camino, o a caballo, entre el universo oral, (el de mis padres y el de mi infancia) y el universo abstracto de la escritura.
Siempre he tenido la sensación de que mi tardía alfabetización ha sido un hecho con gran influencia en mi forma de ver y entender. A los nueve años, cuando empecé a leer, y a los diez, cuando escribí mis primeros relatos, mi experiencia del mundo estaba bastante asentada sobre lo oral.
El otro hecho decisivo de mi vida infantil, el de ser un emigrante, me permitió también conocer que el lenguaje no era algo innato, igual siempre a sí mismo, y universal, sino el producto de un aprendizaje, relacionado con un lugar geográfico y una clase social. Nunca he olvidado el día en que fui a quejarme a mi joven maestra de primaria de que un compañero de clase me había “repizcao”. Ella no me dijo nada, ni hizo un sólo gesto, pero su mirada interrogativa me pareció que preguntaba ¿de donde ha salido éste?. Yo tampoco hablé, me di la vuelta y volví a mi pupitre y aprendí la lección: Allí se hablaba de otra forma, salvo que uno quisiera meterse en dificultades. Se decía “pellizcar”, no repizcar. También se decía “tripa” en vez de barriga, y para insultar a otro niño, se le llamaba “gilipoyas” en lugar de idiota o hijo de puta. Aprendí también en mi relación con los niños de mi edad que cualquier diferencia, ya fuera en el vestir o el habla, podía ser causa de conflicto, e incluso de exclusión.
Una de las ventajas de que este texto sea voluntariamente un panfleto, es que en este apartado no me veo obligado a entrar en una revisión profunda de todas las teorías e interpretaciones que sobre la escritura, como principal inductor del pensamiento abstracto, se han elaborado en los últimos cincuenta años, desde McLuhan a Derrida.
A cambio daré mi versión personal, producto tanto de las lecturas como de la propia experiencia. Y lo hago porque creo que mi biografía reúne una serie de circunstancias peculiares que sumadas a mi psicología, pueden ofrecer aspectos de interés para el sufrido lector.
Desde el momento en que aprendí a leer, como ya he contado en otro apartado de este Panfleto, la lectura, y como consecuencia casi automática, la escritura, ha sido mi territorio de elección. Me convertí, ya adolescente, en un “hombre de letras”. En mi entorno, vivían personas de todo tipo, aunque las más habituales eran ágrafas, y no pocas analfabetos funcionales, y en algunos casos analfabetos totales. Aunque no soy una persona muy observadora, pronto comprobé hasta qué punto las diferencias culturales, y de forma muy especial las del mundo de la escritura, diferenciaban a las personas, y marcaban incluso su comportamiento, su ideología y su imaginario. Uno de los campos en los que las diferencias eran muy palpables –y a menudo causantes de diferencias- era el de la economía. El concepto que yo tenía del dinero, y el que tenían las personas de la generación de mis padres, eran tan distantes que parecían pertenecer a personas que vivieran en planetas distintos.
Mi temprana dedicación a la escritura creativa, y sobre todo a la poesía, me hizo tomar conciencia muy pronto de la profunda diferenciación existente entre la oralidad y su mundo, y la mentalidad culta, con su propia mentalidad, normas y conductas. Lo que cada vez me separaba más y más de aquellas personas, no era su dificultad para leer, o su falta de conocimientos sobre el mundo, que yo adquiría a través de la escritura. Las diferencias más profundas tenían que ver con conceptos básicos como el tiempo, el dinero, las escalas de valores, su respeto o más aún su temor de lo simbólico y lo sagrado (incluso en el caso de ateos o incrédulos).
Posiblemente no lo fuera, pero yo me sentía más libre actuando como un “librepensador” del siglo XVIII. Mi capacidad de análisis aumentaba muy lentamente, pero a mí me parecía que eso era porque había entrado en un vasto espacio, reservado sólo para los que supieran servirse de la escritura con total dedicación. Sólo era una cuestión de tiempo.
Años después, a través de mi abuela materna, Juana Salas Romero, reparé en el proceso de desculturización que se estaba viviendo en el mundo rural, reflejado en los cambios del vocabulario. Ella, mujer de mucho carácter (solía decir que “tenía más güevos que nadie”), se quejaba de los cambios introducidos por las nuevas generaciones. Se preguntaba: “Si siempre se ha dicho “crilla”, ¿porque ahora hay que decir patata?. Si toda la vida hemos dicho “pajizo”, ¿por qué hay que decir amarillo?. Si toda la vida de Dios una parella ha sido una parella, ¿por qué ahora tiene que ser una servilleta?”.
Poco después de estas curiosas preguntas de mi abuela Juana, en el curso de mis estudios universitarios descubrí que “crilla” era una palabra de etimología griega, y que con el significado de tubérculo se seguía utilizando en zonas del levante español, sobre todo en la huerta de Murcia.
En el comienzo de los años ochenta, escribí una colaboración para Radio-3 (RNE) recordando esta historia familiar-lingüística, en la que sostenía que la Real Academia Española, desde su creación, y con el espíritu del despotismo ilustrado, ejercía una dictadura de clase sobre el habla para convencer a los iletrados de que, como no sabían escribir, tampoco sabían hablar. El hecho sin embargo era que todo hablante de su lengua materna la poseía en plenitud, y nadie –defendía yo- podía demostrar que el habla de los cultivados (por la escritura y la imprenta) poseía ese idioma mejor, con un sentido más profundo de su indiosincracia, que un analfabeto, cultivado profundamente en la oralidad.
En los años sesenta, cuando estudié a Ferdinand de Saussure, la distinción entre lengua y habla me dio una de las claves del problema. Y mi propia experiencia en los distintos mundos en los que vivía, me hizo detecta los distintos y variados tipos de habla que coexistían. El conocimiento, en esa misma época, de los experimentos con la fonética para producir una poesía primitiva, básica (Schwitters llamó a su principal obra en este campo, “Sonata de los ancestros”), junto con los estudios de fonología iniciados por los rusos, y sintetizados en el llamado Círculo de Praga, me hicieron comprender que la fonética era una cuestión capital para entender los componentes fundamentales de cualquier cultura.
Después, en los 60-70 fueron las lecturas de Marshall Mcluhan, de Michel Foucault y de Jacques Derrida. Pero sobre todo –perdón por la inmodestia, pero es una cuestión de carácter- fueron mis propias experiencias con la experimentación de escrituras visuales (oigo en mis oídos la voz de Esteban Pujals: “Toda escritura es visual”), y mi preocupación por conocer en profundidad las aportaciones científicas sobre el lenguaje, la escritura, la publicidad y el nuevo mundo de los medios de masas lo que me hizo estudiar también mi propio comportamiento en relación con el universo oral y con el universo abstracto.
Con todo tardé décadas en tomar conciencia de mis propios perjuicios y mi falta de objetividad hacia todo lo que se relacionase con el universo oral. Convertido en un hombre de letras, iba siendo captado por el lado oscuro de la abstracción, al tiempo que me alejaba a gran velocidad del universo oral y todo lo que conllevaba. Según avanzaba en el camino del análisis, la crítica, la capacidad de síntesis, la comprensión de la escritura, el manejo de conceptos, mi relación con el mundo de las emociones, los sentimientos, las relaciones interpersonales, la tonalidad como concepción vital, se esquematizaban y se diluían en una atmósfera cada vez más enrarecida. La indicación de Foucault sobre el pensamiento (Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Mexico 1978, p 1) “el que tiene nuestra edad y nuestra geografía”, me sirvió de señal (de alarma).
La incomodidad, o más bien la crisis en que vivía, mi sensación de que estaba siendo despojado de algo consustancial a mi propia persona, a mi indiosincracia, se iba acentuando según me acercaba a la cuarentena. Tardé algunos años en saberlo, pero yo era un número más, un individuo sin peso específico en medio de la tremenda crisis que estaban viviendo los países occidentales, divididos o más bien desgarrados entre su cultura de miles de años de oralidad, y el ascenso imparable del nuevo universo de la cultura letrada. Paralelamente, el nacimiento y desarrollo de la cultura de masas, con su mezcla de abstracción e imagen, y con su recuperación de una falsa oralidad, complicaba el entendimiento de lo que nos rodeaba. Las exigencias crecientes e inaplazables de las nuevas mentalidades frente a la atmósfera diluida, inconcreta y sin exigencias de la otra, provocaban una situación cada vez más insoportable, y por lo tanto más llena de violencia.
La cultura tradicional, basada en la recepción oral de conocimientos avalados por años de experiencia, por el aprendizaje mediante la imitación de maestros, familiares y autoridades (la endoculturación de los antropólogos) no podía confrontarse con las nuevas formas basadas en la escritura, los discursos abstractos, el peso aplastante de las nuevas tecnologías, y el prestigio de la innovación. Nadie dudaba sobre de quien era el futuro.
Pero en la experiencia directa, en el vivir de cada día, los individuos detectábamos una deriva inquietante: La conformación que la cultura tradicional había conseguido con los sentidos, el acuerdo entre lo que era bueno para la mente y para el cuerpo, se estaba rompiendo y nadie parecía saber como recomponerlo o como construir otro suficientemente gratificante. La dicotomía cuerpo/alma, omnipresente en la tradición idealista, no era operativa en el mundo oral, y menos aún en el mundo de las nuevas tecnologías masivas.
La lectura, e incluso la escritura, eran no sólo herramientas fundamentales en la nueva cultura, sino también fuentes de placer, formas de auto-realización. Pero había zonas de nuestra conciencia, que en el pasado podían satisfacerse de forma más o menos eficaz, que ahora quedaban desasistidas o al menos insatisfechas. El deseo, como una inconcrección que se niega a serlo y se postula como una demanda de nítidos objetivos, reclamaba cada vez con más fuerza y con más exigencia sus derechos.
Recordemos que, entre otras características, la cultura de masas es una cultura urbana, con todo lo que eso supone frente a las sociedades rurales. En primer lugar, una abstracción o idealización de la naturaleza. Y en segundo lugar una mediatización en cuestiones básicas, como la producción de alimentos, vestimenta, el transporte, la información, la comunicación, la enseñanza etc... De ahí la denominación de sociedad mediática a la sociedad de masas.
Veamos un hecho del que se habla poco: La radio, primer medio verdaderamente masivo de comunicación, ha supuesto después de décadas de presencia en todos los niveles de la población, un cambio definitivo en la forma de hablar de la mayor parte de los individuos. Incluso de los que, en la práctica, no solían escucharla. La forma de hablar de los “locutores” altamente formalizada, idealizada, y sometida a la escritura, influyó en día a día en los hablantes, desplazando las formas locales, imponiendo vocabularios cultos, e incluso interrumpiendo tendencias fonéticas milenarias. Sólo un dato: La tendencia en el habla del español a perder las terminaciones de palabras en ado, mediante su contracción ao, empezó a frenarse en los años cuarenta, terminando por invertirse. Y no sólo entre las clases cultas. La estrella de la radio mató a la bruja fonética.
Cuando a comienzos de los ochenta escribí –y leí- mi alegato contra la Real Academia Española en Radio-3 (RNE), por su intromisión en la vida de las lenguas, no sabía que justo la radio se había convertido en el comisario político de los burócratas académicos, para imponer una falsa oralidad. Ya en esos mismos años, la televisión había venido a completar el programa de exterminación del habla tradicional. Lo supe poco después, cuando estaba empeñado en conocer mi propia oralidad, sobre todo en relación con mi trabajo poético. Reconozco que, al principio, y tal vez por pertenecer por derecho propio a “la primera generación de la radio” sentí ira e incluso odio. Después tuve que admitir que estábamos ante un proceso típico de racionalización y abstracción, y que seguramente la radio no podía tener otro efecto sobre el conjunto de la población. De todas formas sigo abrigando la duda de si las cosas podrían haber sido de otra forma, y al menos, haberse dado un cierto grado de disidencia y contestación. Y si no fue posible en el pasado, que lo sea en el futuro.
Las personas que han nacido y vivido exclusivamente dentro de la sociedad de masas, reaccionan desde la idealización de la naturaleza, generando ideas fundamentalistas, es decir ideologías con fundamentos ontológicos. El ejemplo más notable es el ecologismo radical, que ha sacralizado “lo natural”, al tiempo que demoniza problemas tan “naturales” como el fuego, la caza o simplemente la agricultura. Algunas de sus ideas, aceptadas por las nuevas administraciones autonómicas, y gestionadas por su nueva clase de burócratas, está dando lugar a legislaciones conservacionistas que someten a los restos de la población tradicional de las zonas mejor conservadas, a un auténtico despotismo ilustrado. Un sólo dato, aunque realmente extremo: En Castilla-La Mancha se ha llegado a prohibir fumar “en el monte”.
Esta crisis permanente y que adopta mil caras, producida por la aparición y desarrollo de la sociedad de masas, se vive tanto en las ciudades como en el mundo rural, pero tiene su espacio clave en la propia vida de los individuos. Vuelvo a mi propia biografía:
En el año 2001 decidí dar por terminada mi etapa de emigrante, iniciada cincuenta años antes. Fue una decisión voluntarista y testimonial, ya que el que volvía no era el niño analfabeto y retraído, sino un hombre en los umbrales de la vejez (o al menos de la que se fue, sino un adulto dedicado toda su vida a ocupaciones intelectuales, ya próximo a la vejez (a la jubilación). Con todo el recuerdo de mi familia entre los habitantes de la zona, ha servido de colchón para que se me acepte con pocas reticencias, aunque también para que tome conciencia directa del abismo que me separa de la forma de vivir, de ver y de pensar de estas buenas gentes.
De todas formas, en esta nueva etapa de mi vida, aunque he conseguido un alto nivel de paz interior y de acuerdo conmigo mismo, permanece la crisis cultural y personal que me acompaña desde que me convertí en emigrante.
Parece obvio a estas alturas, que el trauma de la alfabetización no lo voy a superar por mucho que viva, y eso me hace pensar que debe haber muchas personas en mi generación, en las anteriores y en las posteriores que también lo sufren. Tal vez los que nacieron en las ciudades a partir de 1970 ya estén libres, es decir totalmente abducidos por la alfabetización. O tal vez existe una panoplia de casos y circunstancias, con mayor o menor proceso de sufrimiento.
Por otro lado, desde comienzos de la década de los noventa, con la aparición y fulgurante desarrollo de la telefonía móvil, es posible que hayamos entrado en una nueva etapa de la relación entre lo oral y lo abstracto. En 1992 en España había funcionando un millón de terminales telefónicas móviles. En el año 2005 la suma de todas las compañías llegaba a ser de cuarenta millones.
En ningún otro país europeo se ha producido un crecimiento comparable, ni siquiera en los que tienen mucha más población y mayor nivel económico. Es comprensible: España es el país más católico de Europa, el más oral, y el menos abstracto. Ea.

martes, 3 de noviembre de 2009

Mis libros

Casi en paralelo con este diario o blog, puse en marcha otro dedicado exclusivamente a los libros ("loslibrosdefernandomillan") situado en otro servidor (wordpress). Mi idea era distanciar, dentro de lo posible, el mundo de los libros, tan especializado, del resto de consideraciones, noticias, polémicas o cualquier otro componente que aparezca en este blog.
Hasta el día de hoy, he publicado cuatro comentarios (llamarlos críticas sería presuntuoso) de cuatro publicaciones muy diferentes. Mi propósito es presentar no sólo libros de actualidad, sino aquellos otros que, por cualquier causa a mí me interesan y al mismo tiempo, pueden tener trascendencia o interés para otras personas.
En tres casos, los comentarios son sobre libros de poesía. Y en el cuarto de sociología. Nadie que me conozca se sorprenderá de que me ocupe de libros de poesía, aunque se trate eso sí, de libros peculiares que están fuera de los circuitos oficiales. Cuestión diferente es la de la sociología. ¿Que tiene que decir Fernando Millán de la sociología, se preguntarán algunos?. No mucho desde luego, pero sí llamar la atención sobre un libro (La construcción social de la realidad) que pone al lenguaje en el lugar que merece: El de creador y mantenedor de la sociedad.
En el apartado de "mis enlaces" puede el curioso lector encontrar este blog. La última entrada es la dedicada al libro de Juan de Loxa "Juegos reunidos": Una buena reunión y unos juegos para empezar a jugar y no dejarlo nunca.



viernes, 30 de octubre de 2009

En contra o -preferiblemente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX

A mediados los años noventa, empecé a trabajar en un ensayo sobre el arte, la poesía y la música del siglo XX. El proyecto pronto tomó forma, y en distintas etapas fui escribiendo folios y más folios hasta superar los trescientos.
El título que fue naciendo de aquellas páginas es, por ahora, el que las ampara: Panfleto contra o -preferiblemente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX.
 Hace un par de años me detuve porque me enfrentaba a una decisión complicada: Desgajar del proyecto original toda la segunda parte, que estaba dedicada a presentar una idea de la estética nacida en este siglo, en profundidad, porque de lo contrario el libro superaría con mucho los quinientos folios. Pero si eliminaba esa segunda parte, todo el proyecto corría el peligro de quedar incompleto. Aún ahora sigo sin saber que hacer.
Mientras lo decido, voy a publicar en este blog algunos de los artículos ya finalizados y dispuestos para ser conocidos. El que sigue, forma parte de la introducción.  


Un siglo de excesos, un siglo de progresos, un siglo radical y otras historias personales comprensibles o no

Si el siglo XX finalizó en 1999, he vivido 56 años en él. No conocí a mis bisabuelos, que murieron en los años veinte, pero sí a mis abuelos, que fallecieron cuando era un niño (ellos) y un adolescente (ellas). Mi padre murió en los noventa, y mi madre vive en la actualidad. Sólo tengo una hija que yo sepa (nacida en el año 76). Según mi experiencia, por lo tanto, se cumple lo de las cinco generaciones en un siglo.
Nací poco menos de un año antes de que los americanos hicieran explotar la primera bomba atómica en Alamogordo (Nuevo México) en julio de 1945, ya cuando la Segunda Guerra Mundial declinaba a favor de los Aliados. Es decir, soy con toda propiedad un hombre de la Era Atómica. Se mire como se mire, todo un comienzo y una promesa de que el mundo estaba cambiando sin remedio.
Ese año 1944 de mi nacimiento, se llamó popularmente en España el “año del hambre”, porque la cosecha de cereales fue un desastre y el gobierno de Franco, con el país semidestruido y empobrecido por la Guerra Civil, no tenía reservas, ni dinero para comprar grano fuera de España. El pan hubo que amasarlo con harina de almortas, algarrobas o cualquier otro vegetal disponible. Es obvio que si mis padres hubieran tenido la mentalidad que hemos llegado a tener las siguientes generaciones (la mía y la de mi hija), en las condiciones que estaba el mundo, no hubieran pensado ni por un momento en tener un hijo. Pero ellos vivían en otro mundo.
Mis padres tenían una panadería, lo cual en aquellas años era una garantía para comer a diario, y en cierto modo un pasaporte seguro para enriquecerse. Siempre, eso sí, que no se tuvieran demasiados escrúpulos, ni cargos de conciencia. Y ese era justo el caso de mi progenitor. No sólo no se enriqueció con el estraperlo de harina, sino que se empobreció de golpe y porrazo con el crac del ganado de carga, que en los años 52-53 traumatizó y empobreció a la España rural. De la noche a la mañana, al saberse que Franco estaba a punto de firmar un tratado de amistad y cooperación con los americanos, el precio de burros, mulos y caballos, cayó en picado, lo mismo que desde el fin de la Guerra Civil no había dejado de crecer. Mi padre se vio con diez yeguas que había comprado a diez mil pesetas la cabeza, y que ya no valían nada. Su única opción para pagar las deudas que había contraído al comprarlas (la mitad del coste total) fue vender su única posesión valiosa (la panadería y la casa) y emigrar, acompañado eso sí, de su mujer y de sus cuatro hijos. Eso nos llevó desde un pueblo del norte de Andalucía, al centro de la península, es decir Madrid. O para ser más exacto, a un barrio chabolista de Vallecas. Bueno, me detengo aquí, cuando iba a cumplir nueve años.
Sólo quería dar a entender al sufrido lector que cualquier ser humano puede haber vivido en el siglo XX, tanto en su primera mitad, como en el resto, experiencias intensas, posiblemente traumáticas, y también en no poca medida, enriquecedoras. Porque en este siglo, lo que supera la normalidad de una vida, lo excepcional e incluso lo excesivo, lo traumático, ha sido tan habitual, tan constante, que ya no llama la atención de nadie.
Luego están los cambios, o más bien la revolución tecnológica. En mi niñez, no teníamos luz eléctrica porque durante la Guerra civil se había destruido el generador instalado en un salto de agua que alimentaba a varios pueblos. Aunque fui a la escuela desde los cuatro años, la coincidencia de un maestro brutal y desinteresado en nuestro aprendizaje, y un exceso de timidez por mi parte, me hizo vivir en una atmósfera iletrada y oral, en la que los fantasmas eran tan reales como el hambre, el odio o la violencia. Salí de la escuela tan analfabeto como entré, pero con un largo aprendizaje en el uso inmoderado de la imaginación, del que nunca he podido -¿querido?- liberarme ni limitarme.
Desde ese mundo preindustrial y premoderno pasé a vivir en Madrid la rápida y progresiva motorización de las ciudades, su paralalela masificación, y las constantes innovaciones tecnológicas. Fui un niño adicto a la radio (ah, aquel “Diego Valor...”); lector asiduo de las publicaciones baratas, de la literatura de consumo (ah, las novelas del espacio...); de los TBOs típicamente hispánicos y franquistas (Roberto Alcázar, Azañas bélicas...), y de los llegados de Norteamérica (magníficos aquellos cuadernillos de Supermán en español impresos en USA)... Me vestí, lleno de entusiasmo con los pantalones tejanos recién importados, que por cierto eran realmente irrompibles. Era el nacimiento de la sociedad de masas, aunque a nosotros nos pareciera simplemente que nacía el paraíso en la tierra. Estudié el bachillerato superior, al tiempo que trabajaba, en el único Instituto de Enseñanza Media que abría por las noches en toda España (un invento de don Antonio Magariños en el “Ramiro de Maeztu”), y de allí pasé a la Universidad más politizada de la historia.
Fui un adolescente radical y militante. (Nosotros fuimos los primeros en tener conciencia de ser adolescentes, no inmaduros adultos). Nunca llegué a ser agredido por llevar el pelo largo, pero sí tuve que soportar comentarios irónicos, despectivos e incluso insultantes. La pilosidad excesiva, sobre todo si iba acompañada de barba provocaba una irritación profunda en las personas de orden (fascista), y en el resto un comprensible temor a lo desconocido o prohibido.
Entre el año 1957 (inicio del desarrollismo económico) y la muerte del general Francisco Franco en 1975, España vivió un proceso acelerado de cambio económico, social, cultural y por lo tanto político, sin precedentes ni en Europa ni fuera de ella. De hecho, el retardo de la Guerra civil, y sobre todo el de la primera década de la posguerra, hizo que el cambio fuera más visible en todos los terrenos. Los que lo vivimos desde la adolescencia a la madurez, seguimos teniendo muchos años después una experiencia vívida, intensa, de la existencia del progreso en lo humano, lo científico, lo técnico y lo político. Seguramente por ello somos conocidos históricamente como progresistas, o “progres” en términos coloquiales. Ese cambio acelerado fue –cosa que no suele señalarse por los historiadores oficiales y mucho menos por los políticos- lo que permitió que a partir del año 75 se pudiera producir la transición democrática que los historiadores y políticos califican de ejemplar. Es que la sociedad ya había hecho su propia transición antes de la muerte del dictador, y los políticos sólo tuvieron que ocuparse de tareas accesorias.
En nuestra experiencia personal, las continuas innovaciones de la tecnología, sobre todo en los terrenos del sonido y de la imagen, van unidas a los cambios comportamenales y vestimentarios, a los nuevos planteamientos éticos y políticos, y al conocimiento de las aportaciones fundamentales en el arte la poesía y la música del siglo XX. En mi caso, el triunfo de la minifalda está unido a la lectura del libro DADA: Art et anti-art, de Hans Richter que se había publicado en 1965 en su versión francesa. A través de él tuve la primera versión no censurada ni revisada de lo que había significado DADA. Tengo la suerte de conservar el libro, a pesar de haberlo prestado demasiadas veces (hábito este que me ha hecho perder publicaciones irrecuperables), y aún lo leo cuando quiero contrastar mi opinión sobre algún aspecto central de Dada.
Incluso la exhaustiva obra de Michell Sanouillet, Dada á Paris, que leí poco después no es para mí superior en el intento de comprender lo que sucedió y lo que significó este movimiento nacido en Zürich, y de forma muy especial, el protagonismo de Tzara. La versión de Richter me sigue pareciendo, tal vez por su componente autobiográfico, más fiable, más próxima.
Creo que esta obra de Richter, junto con el libro de Mario de Micheli Las vanguardias artísticas del siglo XX, forman el núcleo básico, irreductible, de mi visión de las vanguardias históricas. Es posible que al leerlos con muy pocos años de diferencias (la traducción española de Mario de Micheli, editada por la Editorial Universitaria de Córdoba (Argentina) en 1968, la conseguí creo que ese mismo año) en cierto modo se complementaran en mi mente. En todo caso, y ya que en este panfleto se critica, e incluso se descalifica a algunos presuntos historiadores de las vanguardias, no estará de más, señalarle al lector mi buen concepto de estos otros trabajos.
Estas preocupaciones bibliográficas de un joven universitario, pueden parecer típicas o no en la época actual. Desde luego no lo eran en los años sesenta, porque los universitarios se dividían entre los que sólo se preocupaban por los apuntes que vendían los bedeles, y los que sólo se preocupaban por la política y las chicas. Yo quedaba fuera de ambos grupos porque aunque me interesaban los estudios, prefería leer las obras originales antes que los apuntes, y aunque las chicas eran una de mis prioridades no tenía tiempo para ellas, y la política me interesaba tanto desde el punto de vista teórico como práctico, pero tenía ya una desconfianza profunda hacia los políticos, ya fueran del Régimen o de los gropúsculos del PC que pululaban por la facultad. Además, mi peculiar situación personal, estudiando y trabajando a la vez, me impedía el olvido de los hechos concretos e inmediatos: mi tiempo estaba parcelado de forma muy exigente, y no podía dedicarlo a reuniones de figón en las que discutir eternamente sobre hipótesis más o menos utópicas. Y desde luego, la tesis central del PC para la cultura de que “en cuanto peor, mejor”, para garantizar una caída inmediata del franquismo, me parecía inconsecuente, y sobre todo de efectos perniciosos para mí y para la sociedad entera. (El tiempo demostró que mi juicio –que era el que primaba en la mayoría de los estudiantes- era acertado.)
Mi interés y mi preocupación por la lectura y la escritura, se produjo inmediatamente después de mi alfabetización a la llegada a Madrid, y se fue acentuando día a día hasta llegar a la universidad, donde tomó ya componentes científicos o cultivados. Paralelamente viví con interés, y a veces con sorpresa, mi transformación en un hombre de letras, diferenciándome día a día de mi entorno familiar y social, claramente definido por el componente oral. Como todos mis estudios los hice simultaneándolos con el trabajo asalariado, conviví al mismo tiempo con los profesores del Instituto y la Universidad, y con mis compañeros de trabajo en la hostelería. De entonces conservo mi fascinación por lo oral, y mi profundo interés por la fonética como nueva ciencia. En carne propia, o al menos en mis sentimientos, comprobé como mi valoración de cuestiones fundamentales, tales como la autoridad, la religión, el dinero, el amor, el sexo, la familia y demás, variaban cada vez más con respecto al criterio de mis propios padres, de mis compañeros de trabajo, de mis jefes... Pero bueno, esto ya se trata en otro apartado.
A ello llegué desde la poesía, en la cual me inicié a partir de mis lecturas escolares de Gustavo Adolfo Bécquer, y me confirmé poco tiempo después tras el encuentro con los poemas de Juan Ramón Jiménez. Cronológicamente anterior es mi contacto con la prosa de ficción, y mi inmediata dedicación a la escritura creativa (es un decir). En ambos casos, la escritura se convirtió en un acto vital, en una respuesta a la opresión social que ya había decidido cual iba a ser mi vida, sin lugar a disentir. En vez de camarero, o en el mejor de los casos, electricista yo decidí, tozudamente ser escritor. El hecho de que mi apuesta fuera ilógica, irrealizable y sin sentido le daba para mí, una fuerza incontestable. Cuando mi padre me decía que, ya puesto a hacer apuestas exageradas, podía apuntarme a ser médico o abogado, yo rechazaba semejante posibilidad porque me parecía groseramente razonable. Mi apuesta tenía que ser más radical y sobre todo utópica.
Producto también de la época, fue mi preocupación por vivir “en mi tiempo”, seguramente como respuesta a una sociedad que había optado por retroceder siglos, y por la dificultad que eso suponía. Por ejemplo, vivíamos bajo una censura de imprenta, y un control de las importaciones de libros tan estricto que nos obligaba a aguzar la inventiva para conseguir incluso los libros de poesía. Un poeta como Luis Cernuda, exiliado en México, ya en los años finales de su vida, convertido en un clásico no podía leerse en España porque había sido republicano.
Sin embargo, unas semanas antes de mi veinte cumpleaños (1964) recibí un ejemplar de la última edición de La realidad y el deseo como regalo. ¿Quien podía hacer tal milagro?. Un antiguo compañero del Instituto nocturno, Chus García Sánchez, que trabajaba en una pequeña librería de su familia, especializada en la importación de libros, era el autor de un gesto tan excepcional. Para que luego digan que la suerte no existe. Gracias a él tuve acceso a libros editados en Francia, Argentina o México que alimentaron, si no saciaron mi hambre de conocimiento.
No conozco a nadie que haya escrito sobre esta labor realizada (con riesgo, al menos económico) por unos pocos libreros en Madrid y Barcelona, en beneficio de unos pocos que pudimos leer de primera mano obras fundamentales de la política, la filosofía, la literatura o la poesía cuando estaban de máxima actualidad. Visor, la librería de Chus García Sánchez merecería un reconocimiento por ello.
Ahora con la distancia de los años, me sorprende de qué manera tan fácil, tan natural, un joven estudiante como yo, criado en Vallecas, trabajador al mismo tiempo, pudo relacionarse con los hombres –y unas pocas mujeres- que estaban trabajando en la recuperación cultural de España. pero así fue. Y de hecho, si no hubiera pesado mi tendencia innata a la introversión, al alejamiento de la vida pública, hubiera recibido de ellos muchas más cosas, tanto en el terreno intelectual como en el social.
No quisiera dar a entender con esto que acabo de escribir que mi extracción social y mi condición económica no tuvieron ninguna repercusión en mi relacióncon con el mundo de la cultura, y con ello en mi futuro personal. Las cosas estaban cambiando, pero no hasta ese punto. Los mecanismos de inclusión y exclusión social son muy complejos, y desde luego no habían dejado de funcionar. Aunque es posible que en aquellos años sesenta haya sido uno de los momentos del siglo XX que lo hayan hecho con menos rigidez.
Desde la adolescencia he sospechado que una persona adulta vale tanto como sus sueños e imaginaciones infantiles y adolescentes. Es decir, la vida adulta está marcada por la consecución de las ficciones que el niño primero, y el adolescente después van edificando sobre su vida futura. Cuando una persona las va alcanzando, las realiza de forma más o menos completa, su impulso vital se detiene, hasta llegar incluso a agotarse. Si esas ficciones son muy exageradas, de muy improbable realización por el sujeto que las elabora, es lógico que su consecución se retarde e incluso nunca llegue del todo. En ese caso, según mi sospecha, el impulso necesario para alcanzarlas, permanece actuante, y el individuo se beneficia de ello.
También es cierto –a qué negarlo- que unas ficciones inalcanzables pueden producir frustración y desmotivación. Pero salvo en casos extremos, que podrían caer en lo patológico, la existencia de un deseo profundo y preferiblemente inmotivado, es una alimento vital de la máxima importancia.
Desde que aprendí a leer a los nueve años, mis ficciones más habituales y potentes tuvieron que ver con la escritura y su mundo. Más de cincuenta años después aún no las he cumplido todas, como ya he señalado en el prólogo, y por eso escribo este panfleto. Otras no las cumpliré nunca, porque son totalmente utópicas e inagotables, como las que tienen que ver con la justicia, la igualdad, el amor, o las distintas clases imaginables de la felicidad. Pero desde que empecé a conocer lo que verdaderamente había comenzado a suceder en el siglo XX, y lo que década tras década hombres y mujeres de los distintos países (algunos también españoles) han aportado como capital estético, mis ideas, mis experiencias, y también mi forma de entender el mundo y de vivir, no han dejado de expandirse. Ahora sé que escribir es más humano que pensar tan sólo, porque aumenta las dimensiones de nuestra conciencia, y por lo tanto del mundo; que mis relaciones con la poesía me han permitido comprender algunas de las cosas más importantes de la vida; que el arte, la poesía y la música del siglo XX forman parte de las aportaciones más decisivas realizadas por los seres humanos en toda su historia, y cada día que pasa siento dolorosamente no conocerlas con más profundidad.
Y es que este siglo de excesos lo es tanto en lo negativo como en lo positivo (aunque este sea un dualismo demasiado superficial para aplicarlo a una historia tan compleja) porque en a nueva época todo, por comparación con el pasado, tiende a ser desmesurado y excesivo, como ya hemos recordado en el prólogo. O al menos esa es la conciencia que tuvimos en su momento, y que seguimos teniendo los que ya nos acercamos a la vejez. Las personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial, somos, en sentido estricto, los primeros pobladores de esa Nueva Época iniciada a principios de siglo. Nosotros hemos sido los herederos de todos los adelantados y pioneros en la ciencia, la tecnología, el pensamiento, el arte la poseía y la música. Hemos vivido bajo su influjo tanto en lo positivo como en lo negativo. Un ejemplo:
A los seis años. como efecto colateral de un sarampión, sufrí una infección de la sangre que me puso a las puertas de la muerte. El médico le dijo a mi padre que la única probabilidad de salvación dependía de que se me pudiera administrar un nuevo medicamento, recién llegado a España, y que sólo se podía conseguir en el mercado negro, a un precio inalcanzable. Mi padre, hombre templado, y para el cual su familia era lo primero, le preguntó que como se llamaba ese medicamento y dónde podía conseguirlo. El médico se lo dijo. El cogió un automóvil, se trasladó a Albacete, y pagó mil pesetas por cada uno de los tres frascos de penicilina que pudo conseguir (estábamos en 1950). Volvió de inmediato al pueblo, y mi vida se salvó. Algo así sólo podía suceder a mediados del siglo XX.
Una metáfora tal vez podrá servir para dar luz a lo sucedido. Las personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial, hemos sido los pobladores del continente descubierto en las primeras décadas del siglo XX por la generación que llegó a ser adulta justo durante la Primera Guerra Mundial. Ellos, en una arriesgada navegación, descubrieron las nuevas tierras, y señalaron sus dimensiones. Algunos, dentro de ciertos límites triunfaron e incluso recibieron un cierto reconocimiento social, aunque lo más habitual fue el silencio de los poderes oficiales, y el desdén de las llamadas “opiniones públicas”.
Pero sus descubrimientos no se olvidaron, y nuevas generaciones los tuvieron en cuenta. Nosotros, a partir de esos descubrimientos, nos pusimos en marcha para recorrer los nuevos caminos, marcarlos y explorar los nuevos territorios. Son labores necesariamente complementarias, y no comportamientos epigonales, como pretenden los que sólo piensen en la descalificación de las neovanguardias, como paso previo a su desaparición o amortización.
El mapa de los grandes descubrimientos de las primeras vanguardias, y las experiencias producidas por los trabajos de pioneros, enfrentados a una naturaleza hostil (quiero decir una sociedad hostil), a sus propias limitaciones, miedos y demás improbables, son una materia digna de ser conocida. Al transformarlas en historias, comprensibles o no, clarificadoras o confusas y desorientadoras, cumplo con una de mis creencias fundamentales (una convicción más bien): Si toda historia es ficción en mayor o menor grado, y si toda ficción nos enriquece, apuesto por ellas sin reservas.