viernes, 30 de octubre de 2009

En contra o -preferiblemente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX

A mediados los años noventa, empecé a trabajar en un ensayo sobre el arte, la poesía y la música del siglo XX. El proyecto pronto tomó forma, y en distintas etapas fui escribiendo folios y más folios hasta superar los trescientos.
El título que fue naciendo de aquellas páginas es, por ahora, el que las ampara: Panfleto contra o -preferiblemente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX.
 Hace un par de años me detuve porque me enfrentaba a una decisión complicada: Desgajar del proyecto original toda la segunda parte, que estaba dedicada a presentar una idea de la estética nacida en este siglo, en profundidad, porque de lo contrario el libro superaría con mucho los quinientos folios. Pero si eliminaba esa segunda parte, todo el proyecto corría el peligro de quedar incompleto. Aún ahora sigo sin saber que hacer.
Mientras lo decido, voy a publicar en este blog algunos de los artículos ya finalizados y dispuestos para ser conocidos. El que sigue, forma parte de la introducción.  


Un siglo de excesos, un siglo de progresos, un siglo radical y otras historias personales comprensibles o no

Si el siglo XX finalizó en 1999, he vivido 56 años en él. No conocí a mis bisabuelos, que murieron en los años veinte, pero sí a mis abuelos, que fallecieron cuando era un niño (ellos) y un adolescente (ellas). Mi padre murió en los noventa, y mi madre vive en la actualidad. Sólo tengo una hija que yo sepa (nacida en el año 76). Según mi experiencia, por lo tanto, se cumple lo de las cinco generaciones en un siglo.
Nací poco menos de un año antes de que los americanos hicieran explotar la primera bomba atómica en Alamogordo (Nuevo México) en julio de 1945, ya cuando la Segunda Guerra Mundial declinaba a favor de los Aliados. Es decir, soy con toda propiedad un hombre de la Era Atómica. Se mire como se mire, todo un comienzo y una promesa de que el mundo estaba cambiando sin remedio.
Ese año 1944 de mi nacimiento, se llamó popularmente en España el “año del hambre”, porque la cosecha de cereales fue un desastre y el gobierno de Franco, con el país semidestruido y empobrecido por la Guerra Civil, no tenía reservas, ni dinero para comprar grano fuera de España. El pan hubo que amasarlo con harina de almortas, algarrobas o cualquier otro vegetal disponible. Es obvio que si mis padres hubieran tenido la mentalidad que hemos llegado a tener las siguientes generaciones (la mía y la de mi hija), en las condiciones que estaba el mundo, no hubieran pensado ni por un momento en tener un hijo. Pero ellos vivían en otro mundo.
Mis padres tenían una panadería, lo cual en aquellas años era una garantía para comer a diario, y en cierto modo un pasaporte seguro para enriquecerse. Siempre, eso sí, que no se tuvieran demasiados escrúpulos, ni cargos de conciencia. Y ese era justo el caso de mi progenitor. No sólo no se enriqueció con el estraperlo de harina, sino que se empobreció de golpe y porrazo con el crac del ganado de carga, que en los años 52-53 traumatizó y empobreció a la España rural. De la noche a la mañana, al saberse que Franco estaba a punto de firmar un tratado de amistad y cooperación con los americanos, el precio de burros, mulos y caballos, cayó en picado, lo mismo que desde el fin de la Guerra Civil no había dejado de crecer. Mi padre se vio con diez yeguas que había comprado a diez mil pesetas la cabeza, y que ya no valían nada. Su única opción para pagar las deudas que había contraído al comprarlas (la mitad del coste total) fue vender su única posesión valiosa (la panadería y la casa) y emigrar, acompañado eso sí, de su mujer y de sus cuatro hijos. Eso nos llevó desde un pueblo del norte de Andalucía, al centro de la península, es decir Madrid. O para ser más exacto, a un barrio chabolista de Vallecas. Bueno, me detengo aquí, cuando iba a cumplir nueve años.
Sólo quería dar a entender al sufrido lector que cualquier ser humano puede haber vivido en el siglo XX, tanto en su primera mitad, como en el resto, experiencias intensas, posiblemente traumáticas, y también en no poca medida, enriquecedoras. Porque en este siglo, lo que supera la normalidad de una vida, lo excepcional e incluso lo excesivo, lo traumático, ha sido tan habitual, tan constante, que ya no llama la atención de nadie.
Luego están los cambios, o más bien la revolución tecnológica. En mi niñez, no teníamos luz eléctrica porque durante la Guerra civil se había destruido el generador instalado en un salto de agua que alimentaba a varios pueblos. Aunque fui a la escuela desde los cuatro años, la coincidencia de un maestro brutal y desinteresado en nuestro aprendizaje, y un exceso de timidez por mi parte, me hizo vivir en una atmósfera iletrada y oral, en la que los fantasmas eran tan reales como el hambre, el odio o la violencia. Salí de la escuela tan analfabeto como entré, pero con un largo aprendizaje en el uso inmoderado de la imaginación, del que nunca he podido -¿querido?- liberarme ni limitarme.
Desde ese mundo preindustrial y premoderno pasé a vivir en Madrid la rápida y progresiva motorización de las ciudades, su paralalela masificación, y las constantes innovaciones tecnológicas. Fui un niño adicto a la radio (ah, aquel “Diego Valor...”); lector asiduo de las publicaciones baratas, de la literatura de consumo (ah, las novelas del espacio...); de los TBOs típicamente hispánicos y franquistas (Roberto Alcázar, Azañas bélicas...), y de los llegados de Norteamérica (magníficos aquellos cuadernillos de Supermán en español impresos en USA)... Me vestí, lleno de entusiasmo con los pantalones tejanos recién importados, que por cierto eran realmente irrompibles. Era el nacimiento de la sociedad de masas, aunque a nosotros nos pareciera simplemente que nacía el paraíso en la tierra. Estudié el bachillerato superior, al tiempo que trabajaba, en el único Instituto de Enseñanza Media que abría por las noches en toda España (un invento de don Antonio Magariños en el “Ramiro de Maeztu”), y de allí pasé a la Universidad más politizada de la historia.
Fui un adolescente radical y militante. (Nosotros fuimos los primeros en tener conciencia de ser adolescentes, no inmaduros adultos). Nunca llegué a ser agredido por llevar el pelo largo, pero sí tuve que soportar comentarios irónicos, despectivos e incluso insultantes. La pilosidad excesiva, sobre todo si iba acompañada de barba provocaba una irritación profunda en las personas de orden (fascista), y en el resto un comprensible temor a lo desconocido o prohibido.
Entre el año 1957 (inicio del desarrollismo económico) y la muerte del general Francisco Franco en 1975, España vivió un proceso acelerado de cambio económico, social, cultural y por lo tanto político, sin precedentes ni en Europa ni fuera de ella. De hecho, el retardo de la Guerra civil, y sobre todo el de la primera década de la posguerra, hizo que el cambio fuera más visible en todos los terrenos. Los que lo vivimos desde la adolescencia a la madurez, seguimos teniendo muchos años después una experiencia vívida, intensa, de la existencia del progreso en lo humano, lo científico, lo técnico y lo político. Seguramente por ello somos conocidos históricamente como progresistas, o “progres” en términos coloquiales. Ese cambio acelerado fue –cosa que no suele señalarse por los historiadores oficiales y mucho menos por los políticos- lo que permitió que a partir del año 75 se pudiera producir la transición democrática que los historiadores y políticos califican de ejemplar. Es que la sociedad ya había hecho su propia transición antes de la muerte del dictador, y los políticos sólo tuvieron que ocuparse de tareas accesorias.
En nuestra experiencia personal, las continuas innovaciones de la tecnología, sobre todo en los terrenos del sonido y de la imagen, van unidas a los cambios comportamenales y vestimentarios, a los nuevos planteamientos éticos y políticos, y al conocimiento de las aportaciones fundamentales en el arte la poesía y la música del siglo XX. En mi caso, el triunfo de la minifalda está unido a la lectura del libro DADA: Art et anti-art, de Hans Richter que se había publicado en 1965 en su versión francesa. A través de él tuve la primera versión no censurada ni revisada de lo que había significado DADA. Tengo la suerte de conservar el libro, a pesar de haberlo prestado demasiadas veces (hábito este que me ha hecho perder publicaciones irrecuperables), y aún lo leo cuando quiero contrastar mi opinión sobre algún aspecto central de Dada.
Incluso la exhaustiva obra de Michell Sanouillet, Dada á Paris, que leí poco después no es para mí superior en el intento de comprender lo que sucedió y lo que significó este movimiento nacido en Zürich, y de forma muy especial, el protagonismo de Tzara. La versión de Richter me sigue pareciendo, tal vez por su componente autobiográfico, más fiable, más próxima.
Creo que esta obra de Richter, junto con el libro de Mario de Micheli Las vanguardias artísticas del siglo XX, forman el núcleo básico, irreductible, de mi visión de las vanguardias históricas. Es posible que al leerlos con muy pocos años de diferencias (la traducción española de Mario de Micheli, editada por la Editorial Universitaria de Córdoba (Argentina) en 1968, la conseguí creo que ese mismo año) en cierto modo se complementaran en mi mente. En todo caso, y ya que en este panfleto se critica, e incluso se descalifica a algunos presuntos historiadores de las vanguardias, no estará de más, señalarle al lector mi buen concepto de estos otros trabajos.
Estas preocupaciones bibliográficas de un joven universitario, pueden parecer típicas o no en la época actual. Desde luego no lo eran en los años sesenta, porque los universitarios se dividían entre los que sólo se preocupaban por los apuntes que vendían los bedeles, y los que sólo se preocupaban por la política y las chicas. Yo quedaba fuera de ambos grupos porque aunque me interesaban los estudios, prefería leer las obras originales antes que los apuntes, y aunque las chicas eran una de mis prioridades no tenía tiempo para ellas, y la política me interesaba tanto desde el punto de vista teórico como práctico, pero tenía ya una desconfianza profunda hacia los políticos, ya fueran del Régimen o de los gropúsculos del PC que pululaban por la facultad. Además, mi peculiar situación personal, estudiando y trabajando a la vez, me impedía el olvido de los hechos concretos e inmediatos: mi tiempo estaba parcelado de forma muy exigente, y no podía dedicarlo a reuniones de figón en las que discutir eternamente sobre hipótesis más o menos utópicas. Y desde luego, la tesis central del PC para la cultura de que “en cuanto peor, mejor”, para garantizar una caída inmediata del franquismo, me parecía inconsecuente, y sobre todo de efectos perniciosos para mí y para la sociedad entera. (El tiempo demostró que mi juicio –que era el que primaba en la mayoría de los estudiantes- era acertado.)
Mi interés y mi preocupación por la lectura y la escritura, se produjo inmediatamente después de mi alfabetización a la llegada a Madrid, y se fue acentuando día a día hasta llegar a la universidad, donde tomó ya componentes científicos o cultivados. Paralelamente viví con interés, y a veces con sorpresa, mi transformación en un hombre de letras, diferenciándome día a día de mi entorno familiar y social, claramente definido por el componente oral. Como todos mis estudios los hice simultaneándolos con el trabajo asalariado, conviví al mismo tiempo con los profesores del Instituto y la Universidad, y con mis compañeros de trabajo en la hostelería. De entonces conservo mi fascinación por lo oral, y mi profundo interés por la fonética como nueva ciencia. En carne propia, o al menos en mis sentimientos, comprobé como mi valoración de cuestiones fundamentales, tales como la autoridad, la religión, el dinero, el amor, el sexo, la familia y demás, variaban cada vez más con respecto al criterio de mis propios padres, de mis compañeros de trabajo, de mis jefes... Pero bueno, esto ya se trata en otro apartado.
A ello llegué desde la poesía, en la cual me inicié a partir de mis lecturas escolares de Gustavo Adolfo Bécquer, y me confirmé poco tiempo después tras el encuentro con los poemas de Juan Ramón Jiménez. Cronológicamente anterior es mi contacto con la prosa de ficción, y mi inmediata dedicación a la escritura creativa (es un decir). En ambos casos, la escritura se convirtió en un acto vital, en una respuesta a la opresión social que ya había decidido cual iba a ser mi vida, sin lugar a disentir. En vez de camarero, o en el mejor de los casos, electricista yo decidí, tozudamente ser escritor. El hecho de que mi apuesta fuera ilógica, irrealizable y sin sentido le daba para mí, una fuerza incontestable. Cuando mi padre me decía que, ya puesto a hacer apuestas exageradas, podía apuntarme a ser médico o abogado, yo rechazaba semejante posibilidad porque me parecía groseramente razonable. Mi apuesta tenía que ser más radical y sobre todo utópica.
Producto también de la época, fue mi preocupación por vivir “en mi tiempo”, seguramente como respuesta a una sociedad que había optado por retroceder siglos, y por la dificultad que eso suponía. Por ejemplo, vivíamos bajo una censura de imprenta, y un control de las importaciones de libros tan estricto que nos obligaba a aguzar la inventiva para conseguir incluso los libros de poesía. Un poeta como Luis Cernuda, exiliado en México, ya en los años finales de su vida, convertido en un clásico no podía leerse en España porque había sido republicano.
Sin embargo, unas semanas antes de mi veinte cumpleaños (1964) recibí un ejemplar de la última edición de La realidad y el deseo como regalo. ¿Quien podía hacer tal milagro?. Un antiguo compañero del Instituto nocturno, Chus García Sánchez, que trabajaba en una pequeña librería de su familia, especializada en la importación de libros, era el autor de un gesto tan excepcional. Para que luego digan que la suerte no existe. Gracias a él tuve acceso a libros editados en Francia, Argentina o México que alimentaron, si no saciaron mi hambre de conocimiento.
No conozco a nadie que haya escrito sobre esta labor realizada (con riesgo, al menos económico) por unos pocos libreros en Madrid y Barcelona, en beneficio de unos pocos que pudimos leer de primera mano obras fundamentales de la política, la filosofía, la literatura o la poesía cuando estaban de máxima actualidad. Visor, la librería de Chus García Sánchez merecería un reconocimiento por ello.
Ahora con la distancia de los años, me sorprende de qué manera tan fácil, tan natural, un joven estudiante como yo, criado en Vallecas, trabajador al mismo tiempo, pudo relacionarse con los hombres –y unas pocas mujeres- que estaban trabajando en la recuperación cultural de España. pero así fue. Y de hecho, si no hubiera pesado mi tendencia innata a la introversión, al alejamiento de la vida pública, hubiera recibido de ellos muchas más cosas, tanto en el terreno intelectual como en el social.
No quisiera dar a entender con esto que acabo de escribir que mi extracción social y mi condición económica no tuvieron ninguna repercusión en mi relacióncon con el mundo de la cultura, y con ello en mi futuro personal. Las cosas estaban cambiando, pero no hasta ese punto. Los mecanismos de inclusión y exclusión social son muy complejos, y desde luego no habían dejado de funcionar. Aunque es posible que en aquellos años sesenta haya sido uno de los momentos del siglo XX que lo hayan hecho con menos rigidez.
Desde la adolescencia he sospechado que una persona adulta vale tanto como sus sueños e imaginaciones infantiles y adolescentes. Es decir, la vida adulta está marcada por la consecución de las ficciones que el niño primero, y el adolescente después van edificando sobre su vida futura. Cuando una persona las va alcanzando, las realiza de forma más o menos completa, su impulso vital se detiene, hasta llegar incluso a agotarse. Si esas ficciones son muy exageradas, de muy improbable realización por el sujeto que las elabora, es lógico que su consecución se retarde e incluso nunca llegue del todo. En ese caso, según mi sospecha, el impulso necesario para alcanzarlas, permanece actuante, y el individuo se beneficia de ello.
También es cierto –a qué negarlo- que unas ficciones inalcanzables pueden producir frustración y desmotivación. Pero salvo en casos extremos, que podrían caer en lo patológico, la existencia de un deseo profundo y preferiblemente inmotivado, es una alimento vital de la máxima importancia.
Desde que aprendí a leer a los nueve años, mis ficciones más habituales y potentes tuvieron que ver con la escritura y su mundo. Más de cincuenta años después aún no las he cumplido todas, como ya he señalado en el prólogo, y por eso escribo este panfleto. Otras no las cumpliré nunca, porque son totalmente utópicas e inagotables, como las que tienen que ver con la justicia, la igualdad, el amor, o las distintas clases imaginables de la felicidad. Pero desde que empecé a conocer lo que verdaderamente había comenzado a suceder en el siglo XX, y lo que década tras década hombres y mujeres de los distintos países (algunos también españoles) han aportado como capital estético, mis ideas, mis experiencias, y también mi forma de entender el mundo y de vivir, no han dejado de expandirse. Ahora sé que escribir es más humano que pensar tan sólo, porque aumenta las dimensiones de nuestra conciencia, y por lo tanto del mundo; que mis relaciones con la poesía me han permitido comprender algunas de las cosas más importantes de la vida; que el arte, la poesía y la música del siglo XX forman parte de las aportaciones más decisivas realizadas por los seres humanos en toda su historia, y cada día que pasa siento dolorosamente no conocerlas con más profundidad.
Y es que este siglo de excesos lo es tanto en lo negativo como en lo positivo (aunque este sea un dualismo demasiado superficial para aplicarlo a una historia tan compleja) porque en a nueva época todo, por comparación con el pasado, tiende a ser desmesurado y excesivo, como ya hemos recordado en el prólogo. O al menos esa es la conciencia que tuvimos en su momento, y que seguimos teniendo los que ya nos acercamos a la vejez. Las personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial, somos, en sentido estricto, los primeros pobladores de esa Nueva Época iniciada a principios de siglo. Nosotros hemos sido los herederos de todos los adelantados y pioneros en la ciencia, la tecnología, el pensamiento, el arte la poseía y la música. Hemos vivido bajo su influjo tanto en lo positivo como en lo negativo. Un ejemplo:
A los seis años. como efecto colateral de un sarampión, sufrí una infección de la sangre que me puso a las puertas de la muerte. El médico le dijo a mi padre que la única probabilidad de salvación dependía de que se me pudiera administrar un nuevo medicamento, recién llegado a España, y que sólo se podía conseguir en el mercado negro, a un precio inalcanzable. Mi padre, hombre templado, y para el cual su familia era lo primero, le preguntó que como se llamaba ese medicamento y dónde podía conseguirlo. El médico se lo dijo. El cogió un automóvil, se trasladó a Albacete, y pagó mil pesetas por cada uno de los tres frascos de penicilina que pudo conseguir (estábamos en 1950). Volvió de inmediato al pueblo, y mi vida se salvó. Algo así sólo podía suceder a mediados del siglo XX.
Una metáfora tal vez podrá servir para dar luz a lo sucedido. Las personas nacidas después de la Segunda Guerra Mundial, hemos sido los pobladores del continente descubierto en las primeras décadas del siglo XX por la generación que llegó a ser adulta justo durante la Primera Guerra Mundial. Ellos, en una arriesgada navegación, descubrieron las nuevas tierras, y señalaron sus dimensiones. Algunos, dentro de ciertos límites triunfaron e incluso recibieron un cierto reconocimiento social, aunque lo más habitual fue el silencio de los poderes oficiales, y el desdén de las llamadas “opiniones públicas”.
Pero sus descubrimientos no se olvidaron, y nuevas generaciones los tuvieron en cuenta. Nosotros, a partir de esos descubrimientos, nos pusimos en marcha para recorrer los nuevos caminos, marcarlos y explorar los nuevos territorios. Son labores necesariamente complementarias, y no comportamientos epigonales, como pretenden los que sólo piensen en la descalificación de las neovanguardias, como paso previo a su desaparición o amortización.
El mapa de los grandes descubrimientos de las primeras vanguardias, y las experiencias producidas por los trabajos de pioneros, enfrentados a una naturaleza hostil (quiero decir una sociedad hostil), a sus propias limitaciones, miedos y demás improbables, son una materia digna de ser conocida. Al transformarlas en historias, comprensibles o no, clarificadoras o confusas y desorientadoras, cumplo con una de mis creencias fundamentales (una convicción más bien): Si toda historia es ficción en mayor o menor grado, y si toda ficción nos enriquece, apuesto por ellas sin reservas.

martes, 27 de octubre de 2009

Me he comido mis propias palabras

No existe tradición en la sociedad española sobre la aceptación de los errores propios. De hecho, existe una tradición justo en sentido contrario: Los Manrique (ya se sabe, don Rodrigo, su hijo Jorge y demás) usaban como mote el dicho "Lengua sin manos cómo osas hablar". Porque era de hombres mantenerla y no enmendalla.
En el mes de marzo de este año, tuve la premonición de que si asistía al coloquio al que me había invitado el Insituto Cervantes en Madrid, debería estar dispuesto a comerme mis propias palabras, porque aquello tenía toda la apariencia de una encerrona.
Bueno, no es que yo sea adivino (aunque he tenido algunas experiencia de premoniciones bastante embarazosas). Nada de eso. Es que la exposición dentro de la que se celebraba este coloquio, "Escrituras en libertad. La poesía experimental española e hispanoamerican del siglo XX" estaba plagada de signos e indicios muy clarificadores sobre el hecho de que su comisario tenía muchas cosas contra mí, tanto a título personal como por el hecho de formar yo parte del movimiento de la poesía experimental española.
En ese coloquio, que compartí con Chema de Francisco, lo de la encerrona sólo se materializó brevemente, e incluso podría afirmarse que ambos salimos airosamente, e incluso que semejante maniobra se volvió con tra Sarmiento. La cosa se complicó mucho más en otro coloquio, dirigido por el propio comisario José Antonio Sarmiento, y que contó con la participación de Juan Hidalgo y José Luis Castillejo. Pero esa es otra historia que ya os contaré cuando tengo tiempo de subir el video que he conseguido a pesar de los esfuerzos de los directivos del Cervantes por impedírmelo. (Ellos eliminaron del video que han colgado en su web más de media hora, para impedir que se conocieran las increibles afirmaciones de Sarmiento en las que se mostraba como un comisario que desprecia la materia de la que se supone que debía mostrar su expo).
De todas formas, el día del coloquio que mantuvimos Chema de Francisco y yo, hice una dmostración de como estaba dispuesto a comerme mis propias "palabras". Si tienen pacienca de visionar el video, ya al final, además de alguna demostración de mi producción de pesía sonora, está el documento.

sábado, 24 de octubre de 2009

Acción es León: Réplica de Maria AA

El festival de performances "Acción es León", ha seguido siendo noticia en los diarios de esa ciudad. El día 20, La Crónica de León se hizo eco del comunicado de Izquierda Unida en el que se apoyaba al evento y se felicitaba a la concejala de cultura del Ayuntamiento "por la enorme calidad de los artistas y sus performances". Y por el contrario se descalificaban "las críticas desmedidas, pacatas y dignas del perro censor ofrecidas por quienes huyen de la modernidad y no toleran la libertad artística y el libre desarrollo del talento puro". Santiago Ordóñez, coordinador de IU afirma también que "Izquierda Unida está en contra de la censura al arte y no puede tolerar que se ataque a magníficos profesionales con argumentos tan pobres como el hecho de protagonizar un desnudo".
Ayer día 23, Diario de León por su parte, reprodujo la carta abierta enviada por la performer María AA a la concejal del Partido Popular Arancha Miguélez. Sin aspavientos, pero de forma contundente, la artista sevillana le hace ver a la edil del PP la falta de consistencia de su calificación de escándalo a una actividad en la que participaron cientos de personas, sin que nadie emitiera la menor queja o diera a entender de forma alguna su malestar. A continuación define su actitud como una fobia ante la imagen de una mujer desnuda, y le dice "que se lo haga mirar"..

Carta a la concejala Arancha Miguélez ( Diario de León - 23/10/2009 )

jueves, 22 de octubre de 2009

La depresión en España

Ya está en la imprenta una nueva edición de "La depresión en España", un trabajo de apropiación/transformación que realicé entre los años 1981 y 1983. Durante un periodo de casi tres años, día a día, como una tarea de concentración y disciplina fui tachando las páginas del libro del mismo título editado en 1981. Tras la tachadura del primer ejemplar, trabajé con otros cuatro ejemplares, tachándolos según la pauta de ese primero. (Pauta que, todo hay que decirlo, no siempre respeté, unas veces volutnaria y otras involuntariamente). Esa es la razón por la cual siempre he considerado que esos cinco ejemplares eran, a todos los efectos, obras originales, aunque formaran la primera edición. La segunda edición (utilizando el jemplar número uno, tuvo lugar en 1993 en Madrid, dentro de las monografías de la revista Abreojos.
Con "La depresión en España" era la segunda ocasión en la que tachaba un libro completo. (La primera había sido también en 1981, con el libro "Vitalidad"). Pero ya desde 1964, había empezado a tachar páginas aisladas o en formando series, dando nacimiento a lo que llamé textchones, algunos de los cuales se recogieron en mis libros "Textos y antitextos" (1970) y "Mitogramas" (1978).
Aparte de algunos casos aislados como el poema tachado de Man Ray, no es hasta los años sesenta cuando la tachadura se convierte en un procedimiento creativo que pronto se generaliza. Estoy convencido de que es algo propio de esa década, y que por supuesto no hay que hablar de ella como una "invención" de nadie. Fue algo que estaba en el ambiente, y que se mostró útil para expandir la escritura.
La profesora Laura López Fernández ha estudiado con gran penetración esta parte de mi trabajo con la escritura, especialmente en un artículo aparecido en la revista virtual brasileña Agulha, que ahora se incluye como prólogo de "La depresión en España", junto con originales de Blanca Millán Domínguez y Estebán Pujals Gesalí. El libro se cierra con un epílogo que yo escribí en el año 2000 para la edición que se iba a hacer al año siguiente, y que se fue retrasando hasta ahora.
Al tratarse "La depresión en España" de un libro que cumple el postulado utópico de hacer una poesía multinacional, es decir global, que podría ser abordada por la mayor aparte de los habitantes del planeta, incluídos los analfabetos se están haciendo dos ediciones, una con los textos de introducción y el epílogo en español, y otra en inglés. En ambas ediciones sólo se tirarán 200 ejemplares numerados y firmados por el autor/apropiador/transformador.


Pagina 26 de "La depresión en España" de Fernando Millán. 1983

miércoles, 21 de octubre de 2009

Escrito está


El día 18 de enero de 2010 se inaugurará en el Museo Patio Herreriano de Valladolid la exposición "Escrito está. La poesía experimental en España. 1963-1984", de la que soy comisario.
Este proyecto ha sido producido por Artium y Patio Herreriano, y estuvo ya en Vitoria entre el 30 de mayo y el 20 de septiembre del presente año.
Ambas entidades han editado un catálogo que reproduce la práctica totalidad del contenido icónico de la exposición, teniendo en cuenta las cracterísticas de las obras y materiales presentes en la expo (libros y revistas además de carteles, objetos, poemas originales,  grabaciones, películas, fotografías y carteles). Con todo, los libros presentados íntegramente o en su práctica totalidad, así como las cincuenta publicaciones digitalizadas y presentes en la exposición a través de pantallas de ordenador distribuidas en las salas, han quedado fuera.
A cambio, el catálogo recoge tres artículos escritos para la ocasión, de los que son autores Laura López Fernández, Chema de Francisco y Fernando Millán, así como textos claves de la poesía experimental, empezando por el Plan piloto para la poesía copncreta del grupo Noigandres, y continuando con varios de Julio Campal, Joan Brossa, Guillem Viladot, José Luis Castillejo, Fernando Millán y Felipe Boso.
La edición que se verá de "Escrito está" en el Patio Herreriano, estará dedicada a Francisco Pino y Felipe Boso, dos poetas castellanos fundamentales en la historia de la poesía experimental.
Estamos ante una exposición de tesis que, utilizando tanto documentos como publicaciones y obras originales pretende demostrar una tesis: A través de la conexión en los años sesenta con los movimientos internacionales, nace en España la neo-vanguardia poética, que ya en los setenta se transforma en el movimiento de la poesía experimental. Este movimiento da lugar, ya en los ochenta, a la acreditación de un nuevo género como es la poesía visual, y participa del desarrollo de las tendencias postmodernas como el arte conceptual, el arte sonoro, la performance, el libro objeto, las instalaciones, etc...
Los más de tresciedntos autores presentes en la exposición a través de algún tipo de obra, son una demostración de vitalidad, y una demostración de que la transaformación cutlural y estética de la sociedad española, se inicia a comienzos de los sesenta, y no a comienzos de los setenta, como se pretende des las posiciones de poder del arte contemporáneo.
El texto del prólogo que yo escribí para el catálogo, puede verse en internet.
Tambien es posible ver en internet el video de la visita guiada que yo hice para Artium.





lunes, 19 de octubre de 2009

Un diario, dos diarios, tres diarios


A lo largo de mis 65 años, he hecho varios intentos por mantener un diario, que se han quedado en eso, en intentos. Es muy posible que me falte -o me sobre- carácter para semejante actividad. Es decir para un discurso temporal y temporalizado, que se mueve entre la lírica de la subjetividad y el cotilleo banal y sin horizontes.
Pero bueno, como por lo que yo se, lo más parecido a una profesión que ha habido en mi vida es la de la escritura, aquí estoy intentándolo de nuevo.
¿Qué me mueve a hacerlo?.
En primer lugar la evidencia de que, dure lo que dure, un diario se transforma en un documento que no tiene comparación ni sustitución por otra vía. Lo escrito escrito está, y lo pensado o sólo vivido, desaparece en su práctica totalidad. Nadie constata estos hechos mejor que un escritor.
En segundo lugar, como decía, para bien o para mal, por mérito o sin él escribir es lo mío. (Rememorando a mi amigo Felipe Fernández Alonso, conocido por su pseudónimo Felipe Boso, "como si vivir no fuera lo mío"). Escribir es crear, pero sobre todo es vivir, aunque puede ser tan sólo una forma de vida postiza o inane, pero vida al fin.
En tercer lugar, una cuestión práctica. Desde hace varios años vivo en el campo, en mitad de las montañas de ningún sitio (o en el culo del mundo según la descripción de mi mujer), y en estas circunstancias, un diario puede ser un asidero al que agarrarse para ponerle límites al tiempo y al espacio.
Y por último, me mueve a escribir este diario un impulso nacido en los últimos días durante una estancia en la ciudad de León. Fui allí acompañando a mi mujer, María  (María AA por su nombre artístico) que había sido invitada por el comisario de ACCIÓN es LEÓN, Ignacio Galilea, a realizar una performance. Era mi primer viaje como artista consorte (consuerte o sin ella), y la verdad es que ha resultado una experiencia muy instructiva para mí.
Una característica peculiar de este festival ha sido que los organizadores pidieron a los artistas participantes que estuvieran presentes todos los días de la celebración (cuatro en total), ofreciéndoles correr con todos los gastos de estancia y manutención. Cosa poco habitual. Y menos habitual aún es que una mayoría de artistas aceptara la oferta. Aunque María y yo llegamos a León el miércoles día 15 y nos volvimos el sábado por la mañana, los dos días y pico que estuvimos allí nos permitieron asistir a un considerable número de performances, y sobre todo a encontrarnos con viejos amigos y conocidos de ambos (como Yolanda Pérez Herreras, Pepe Murciego,  y a conocer a performers muy diversos tanto por su extracción como por sus actividades y su edad. Esta presencia continuada de artistas dió lugar también a que se establecieran contactos con el público, especialmente jóven, y por lo tanto a un trabajo especial de promoción e información de las nuevas formas de hacer arte.
Lo vivido, lo visto y lo oído en esos días, teniendo en cuenta mi posición de oyente (cosa poco habitual en mí) me ha dado mucho que pensar en un sentido, y me ha ratificado en otro sentido en algunas de mis ideas más queridas.
En medio de todo ello, me imaginé que, si hubiera dispuesto de un blog en internet, me hubiera sido muy últil para intervenir en los debates, y sobre todo para dejar constancia pública y por escrito las cuestiones relevantes que allí se estaban debatiendo.
Pondré sólo un ejemplo: La performance de apertura corrió a cargo de María AA que estrenó su pieza "Alfombra Roja". Dentro de su línea de escribir con el cuerpo, María utilizó en esta ocasión su desnudez para cubrirla de una tintura rojo-sangre, para pintar con ella, frotándose, arrastrándose, una alfombra blanca, hasta convertirla en roja. Seguramente porque esta acción se realizó en una céntrica plaza, utilizanado la puerta principal del antiguo ayuntamiento, y a una hora cómoda (las seis de la tarde), hubo una considerable asitencia de público (más de ciento cincuenta personas que siguieron el evento con gran interés y en un respetuoso silencio, sólo roto por el continuo crepitar de una docena de máquinas de fotos). Al día siguiente los diarios leoneses y el suplemento de el diario El Mundo dedicado a esta ciudad, reprodujeron fotos de esta performance. Al día siguiente, la viceportavoz del PP de esta ciudad, hizo unas declaraciones afirmando que se había producido un "escándalo". La prensa aprovechó para reproducir de nuevo imágenes de la performance de María.
Semejante afirmación no sólo faltaba a la verdad de los hechos, sino que ponía en evidencia la fobia de una parte (la más reaccionaria) de nuestra sociedad contra el desnudo femenino. En una situación así, cómo no pensar en la tesis de que el desnudo femenino puede entenderse como un test para calibrar la salud de una sociedad determinada. Y cómo no recordar que, desde el Renacimiento, el desnudo femenido en la pintura ha sido una punta de lanza en defensa de la libertad y de la emancipación de los tabús religiosos y tribales. Estamos ante una anécdota, pero como sucede tantas veces en la historia, puede verse como una categoría de individuos y grupos que siguen prisioneros de las formas cerradas de vivir y pensar, frente a las formas abiertas de las sociedades democráticas.
Estoy convencido de que, si este mismo comentario se hubiera escrito estando sobre el terreno habría sido útil para el análisis y el contraste de pareceres, tanto de los que estábamos en León como de los que podían encontarse a miles de kilómetros. Internet existe y nosotros existimos. No ganamos nada ignorándonos.




María AA en su performance "Alfombra Roja". Foto: F. Millán