martes, 22 de diciembre de 2009

Panfleto: Un divorcio histórico, un trauma social, una incomunicación planificada y una tectónica inestable

Panfleto contra -o preferiblmente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX

Nueva entrega de este ensayo que desentraña los excepcionales cambios producidos en el siglo XX, y su irremediable relación con nuevas formas de vivir, de pensar, de relacinarse y de comprender. A pesar del sistemático rechazo de las clases dirigentes y sus socios en la educación, la cultura y la ética.

El origen de muchas de las crisis, enfrentamientos y problemas de convivencia (colectivos y particulares), crecimiento de las neurosis, desarrollo de las sectas, guerras, persecuciones, revoluciones y en definitiva de los aspectos más traumáticos y destructivos del siglo XX, tiene su origen en un divorcio. El divorcio que ponen en marcha las clases dirigentes de los países afectados por la Primera Revolución Industrial, al aceptar tan sólo las innovaciones tecnológicas, y rechazar todas las demás, con especial violencia en el rechazo de los cambios en la moral, la cultura, la política y la ideología.
Este hecho histórico, tan notorio y de tan graves consecuencias, no ha merecido la atención de los historiadores nada más que como un dato complementario para estudiar periodos como el de el canciller Bismarch en Alemania, el fascismo-nazismo en el siglo XX, la modernización impuesta desde el poder de Japón, el comunismo estalinista en la URRS, y poco más. Sin embargo, nada de lo sucedido en Europa, USA y Japón desde mediados del siglo XIX, se puede analizar, y sobre todo comprender, si no se tiene en cuenta la relación de las clases dominantes de cada una de las sociedades con lo que de forma general se llama la modernización y sus componentes conspicuos: ciencia, industria, tecnología, cambios sociales, políticos y estéticos.
El mantenimiento de fórmulas tradicionales de organización social, reforzadas mediante un aumento absoluto del poder personal en los casos más extremos, como sucedió en Alemania y Japón, dio lugar al desarrollo de ideologías militaristas y profundamente reaccionarias. Más militaristas y reaccionarias según estas ideologías se alejaban de las necesidades, intereses y demandas de todas las clases sociales que no participaban en el gobierno, y de forma muy llamativa de los grupos-piloto de la burguesíaque trabajaban en la adecuación de la sociedad y de los individuos a los cambios.
Sin embargo, la constante mejora del nivel económico, y las aportaciones tecnológicas, sirvieron de válvula de escape a la conflictividad social, al tiempo que la psicología, los avances sanitarios, el nacimiento de los deportes de masas, el control (cuando no la anulación) por parte de los sindicatos de los elementos más radicales del mundo obrero, y la connivencia de los medios de comunicación con las clases dominantes permitieron la pervivencia de esos elementos profundamente reaccionarios en los gobiernos.
El resultado es el aspecto más conocido de la historia de los últimos cien años: imperialismo, colonialismo y rapiña en su primera etapa, y en su segunda, dos Guerras Mundiales, además de la Guerra fría y varias guerras locales o localizadas (como nuestra Guerra Civil).
La historia de la humanidad está plagada de clases gobernantes incapaces, ineptas e incluso estúpidas, que llevaron a sus sociedades respectivas a la degradación y a la dependencia de otros estados más hábiles o eficaces. (Para no poner ejemplos en cabeza ajena, recordemos nuestra historia de los últimos cuatrocientos años, con etapas tan vomitivas como el reinado de Fernando VII). Recorriendo esa historia se llega a tener la sensación de que si en determinadas etapas ha existido el progreso y la mejora, ha sido tan solo el producto de una casualidad, o el beneficio de unas circunstancias que los poderes no han sido capaces de detectar –y de interrumpir- a tiempo. Y no hablo de corrupciones, abusos o incapacidades, sino, insisto, directamente de estupidez.
En el siglo XX se da, entre otros, un hecho espectacular: Ninguno de los grandes cambios que han significado una transformación profunda de las sociedades implicadas, ha sido dirigido, ni controlado ni siquiera imaginado por los poderes directamente afectados. Véase el caso del automóvil y la aparición de las macrometrópolis. O el de la educación, en cualquiera de sus niveles (incluido el universitario, claro). O el de las costumbres, tradicionalmente llamado de “la moral”.
Con todo es en el terreno de la cultura, en el que se ha producido un divorcio más consciente y determinado, entre cualquier tipo de novedad y los poderes establecidos. Incluso ahora, ya en el siglo XXI, con la postmodernidad triunfante aún en los países de segundo nivel, se puede constatar un hecho sangrante: Los distintos tipos de poderes democráticos (ayuntamientos, comunidades autónomas, gobierno central) dedican sus ayudas presupuestarias a las distintas formas artísticas en proporción inversa a su actualidad y productividad.
Además del dinero que se dedica al mantenimiento de los edificios, y al de un burocracia cada vez m´s ineficaz, el monto más significativo de los presupuestos anuales, va a financiar actividades teatrales (el teatro se ha quedado sin función en el siglo XX), premios de pintura, poesía, teatro, etc...(la idea del “premio” en el mundo de la cultura no tiene encaje en el siglo XX, salvo como irrisión), y actividades de tipo manual o artesano.
Por el contrario, las ideas innovadoras y las fórmulas que las materializan, ni siquiera son reconocidas como existentes. Veamos un ejemplo: En ninguno de los premios de poesía convocados por toda la geografía de los ayuntamientos, sociedades culturales y demás organziaciones se permite la participación de obras que no se realicen en “verso”. Los responsables de cultura no se ha enterado de que en el siglo XIX se creó algo llamado “poema en prosa”. Y no digamos ya la poesía visual y las distintas fórmulas intermedia que llevan ya muchas décadas siendo operativas y creando incluso una tradición y un mundo propio. Si Stephane Mallarmé volviera a nacer y presentara su poema “Un golpe de dados” a uno de estos concursos, es muy posible que fuera rechazado por no cumplir las bases de la convocatoria. Y ese poema se publicó en 1898. Para estas gentes de la “cultura” un siglo no es nada.
El siglo XX se divide en dos partes, casi iguales tanto desde el punto de vista económico, como social y cultural. La primera parte (que llega hasta el final de la Segunda Guerra Mundial) es la de los conflictos, los enfrentamientos, y las revoluciones. Es decir la de los precursores, los descubrimientos y las invenciones. La segunda parte, la del nacimiento, desarrollo y consolidación de las sociedades de masas en Occidente y en el Japón, aplica los descubrimientos, hace suyas las invenciones, y lleva a la práctica las propuestas, suficientemente modificadas y adaptadas de los precursores.
¿Por qué esta diferencia tan acusada entre las dos partes del siglo?. Se podría entender como el producto de una lógica interna de todo el proceso. Pero para que esa lógica puede desarrollarse y dar de sí todo su potencial, tienen que darse una serie de condiciones, circunstancias y medios, porque no estamos hablando de un proceso automático.
Veamos los hechos tal como han sucedido. Tras la Segunda Guerra Mundial, los regímenes totalitarios fueron barridos de los países europeos occidentales (salvo en España y Portugal), y del Japón. Por el contrario, se instalaron, debido a la invasión rusa, en los países europeos orientales (salvo Grecia).
En todos los países en los que los regímenes políticos totalitarios desparecieron, para dar paso a las democracias formales, se inició el desarrollo de las sociedades de masas, con todo su aparato de transformaciones económicas, sociales y culturales. Por el contrario en el bloque soviético, en España y Portugal (y no digamos en el resto del mundo llamado subdesarrollado o en vías de desarrollo) la economía, la tecnología, y la cultura permanecieron estancadas durante décadas.
¿Podemos afirmar que la aparición de las democracias formales en una serie de países fue lo determinante para su “modernización”?. Desde luego, es algo que no se puede negar con los datos en la mano. El militarismo alemán, que terminó desembocando en los dos conflictos mundiales, fue el hecho más determinante de la primera mitad del siglo, porque los demás países europeos tuvieron que reaccionar en función de él.
Una vez desaparecido, y con Alemania reconvertida en una sociedad moderna, y con toda sus capacidades, desde la industrial, a la científica, la cultural y la tecnológica, liberadas del militarismo y de la dictadura nazi, todos los países europeos de primera línea bascularon en el mismo sentido: Europa aprendió que cuando nuestros vecinos no tienen libertad, la nuestra corre un grave peligro de desaparecer. Y también en sentido contrario.
Por lo tanto, con estos datos en la mano, es imposible negar la relación entre la modernización cultural y política, y el progreso social y económico. Y ello a pesar de que, incluso en los países más avanzados y progresistas, el divorcio entre la cultura y las clases dominantes ha estado lejos de desaparecer. De hecho, la fuerza de la reacción contra las nuevas ideas y los nuevos comportamientos, solo ha descendido en algunos puntos, al tiempo que aumentaba en otros.
Sobre todo con la reacción conservadora de los años ochenta, y lo que posteriormente se ha llamado la postmodernidad.
En las recién nacidas sociedades de masas, los poderes establecidos han potenciados los aspectos más embrutecedores de los media, al tiempo que mantenían a una gran parte de la sociedad en niveles de educación y culturalización paupérrimos. Debido a ello, a pesar de la exponencial mejora del nivel de vida, de la disponibilidad de alimentos sanos durante todo el año, existe una diferencia en la esperanza de vida entre los obreros industriales y los trabajadores no cualificados, y las clases medias/altas de unos diez años.
En nuestras sociedades avanzadas y complejas, si aún había alguien que lo dudaba, ha quedado en evidencia que cultura es vida. porque es el alcoholismo, el tabaquismo, la ingesta excesiva de grasas saturadas, la obesidad y demás problemas producidos por hábitos insanos lo que produce esa diferencia en la esperanza de vida, no los medios económicos, ni la vivienda, ni el lugar de residencia.
Porque el divorcio, la negativa a aceptar los cambios inherentes a la transformación tecnológica, económica y social, persiste. E incluso, hay suficientes indicadores como para pensar que se acentúa.
La postmodernidad puede ser vista como un pacto entre la modernidad y la sociedad tradicional, y en muchos aspectos lo es. Las nuevas generaciones, en sus comportamientos, en sus escalas de valores, en su forma de construir socialmente la realidad, son indudablemente postmodernas (hablo sobre todo de las masas urbanas). Pero en las clases dirigentes (tanto de izquierdas como de derechas), y el establecimiento, se mantienen plenamente en el territorio simbólico. En función de ello, la propia organización del poder, empezando por el Estado, y continuando por la organización interna de los partidos políticos, de la justicia, de las clases empresariales o de las organizaciones sindicales, de los profesionales, de iglesias, sectas y demás aparatos de control social, sigue edificada sobre el modelo simbólico. Y mientras sea así, el divorcio se mantendrá, más allá de la voluntad, los intereses o las necesidades de los individuos, los grupos y los colectivos.
Pondré un ejemplo para que se comprenda lo que quiero decir. En los años sesenta, dentro de las actividades de promoción nacidas de planteamientos radicales o de vanguardia, organicé o comisarié varias exposiciones colectivas internacionales que se celebraron no sólo en Madrid, sino también en capitales de provincia o incluso pueblos de lo más tradicional y conservador: Por ejemplo, Cuenca, Ciudad Real etc...
En el curso de una de estas exposiciones, entablé conversación con una visitante. Era una señora de mediana edad que iba acompañada de dos niños de entre siete y nueve años. Le pregunté si le gustaba lo que estaba viendo, y su respuesta fue afirmativa y muy explicativa. Reconoció que se estaba divirtiendo mucho.
En un momento posterior, comentando una de las obras expuestas, yo la designé como “poesía”. Entonces, la buena mujer alzó su mano de forma rotunda y me dijo:


- Alto ahí...Una cosa es que todo esto me guste y me divierta, y otra que sea poesía. Hasta ahí podíamos llegar.


Nos despedimos sin hablar más.
No tuve ninguna duda sobre la lógica que, para ella , tenía su punto de vista. Su educación –como la mía, por otro lado- estaba fundamentada en la existencia de principios absolutos y no sometidos a cambio o revisión. Ella podía aceptar la innovación y el cambio, siempre que no se cuestionara de forma contundente esos principios, porque en tal caso, todo los demás (principios) se vendrían abajo. Y eso, para ella, no era negociable.
Su posición era la misma que la de tantos gobernantes, hombres poderosos o simples dirigentes de una entidad cultural: sólo se puede aceptar la innovación si no afecta a los “principios fundamentales”. Y cuando eso no es posible por la propia naturaleza de la innovación, es imprescindible imponer las viejas normas de forma autoritaria y sin apelación, sin dar lugar “al libre examen” ni permitir disidencias. O siempre que eso ha sido posible, mantener a la mayor parte de la población en un nivel a-cultural, ya sea por justificaciones sexuales, sociales, religiosas o políticas.
En los casos menos extremosos y no tan autoritarios, los mecanisnos represivos han sido más sutiles, pero no menos eficaces:
En definitiva: La aparente apertura y falta de coerciones y limitaciones de la postmodernidad, está edificada sobre la roca del integrismo más neto, y no podemos excluir que, como en el pasado, siempre que los cambios ha tocado a zonas neurálgicas del poder, la reacción en contra pueda ser de una extremada violencia. El divorcio sigue siendo traumático, pero aún podría serlo más.
La cuestión es que este divorcio, esta incomunicación planificada, en la que los detentadores del poder cultural actúan como jueces y como parte, ha mantenido a todas las sociedades avanzadas con un tectónica inestable. Son sociedades que no se sostienen por sí mismas, o cumpliendo las leyes de las interrelaciones sociales. Sólo la violencia, ejercida a través de la represión legal, del dinero, del ventajismo social, cuando no simplemente de la mentira y la falsificación, mantiene una apariencia de cohexión.
Pondré un ejemplo, de la propia historia del arte, para no salirme de pista. En los años noventa (del siglo XX, claro), en la especialidad de escultura de la Facultad de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría (sic), de Sevilla, aún estaba terminantemente prohibido en todas las asignaturas, el uso de “cualquier cosa que tuviera que enchufarse”. Es decir, sólo se podía utilizar la tecnología (o más bien pre-tecnología) propia del siglo XVI. Artesanía pura y dura.
Lo curioso, y lo inmoral, claro, era que los propios profesores, sin recatarse, utilizaban en sus propios trabajos, realizados durante las horas lectivas, y delante de los propios alumnos, esa tecnología prohibida, que se les negaba.
Yendo a terrenos más generales, ¿qué se puede decir de la violencia estadística que los Estados perpetran contra los ciudadanos más pobres e indefensos?. Haciendo uso de un violencia legal que ya ni siquiera se disimula, los gobiernos establecen el aumento de los precios excluyendo a sectores tan determinantes para la vida de cada individuo como el de la vivienda. Así el aumento de las pensiones, la subida del salario mínimo, etc..., se hace sin tener en cuenta el crecimiento espectacular del precio de las viviendas.
Bueno, como comprenderá el sufrido lector, en lo que aún queda de este panfleto, vamos a seguir hablando de esa grave cuestión, más grave porque nadie habla de ella, en una confabulación del desconocimiento y los intereses más primitivos. Y lo haremos porque no se puede comprender casi nada de lo sucedido con la cultura, con la convivencia, especialmente en sus crisis, y con la propia historia de la humanidad. Piense el lector en la llamada violencia de género, producida directamente por la pervivencia de códigos atávicos en una sociedad postmoderna.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: Felipe Boso

El "Apunte de Felipe Boso" que sigue, fue escrito hace varios años. Desde entonces, el interés por este poeta palentino no ha dejado de crecer. Sus libros se reeditan total o parcialmente, se le hacen homenajes, etc... Lo más lógico es que esta tendencia continue, y su obra inédita, sus escritos teóricos y críticos, se editen en forma de libro. Vistas así las cosas, este apunte debería ser más sustancioso y profundo. A pesar de todo, confío en que pueda ser útil para que las personas que aún no conocen a Felipe Boso, y se interesen por él.


La aparición de Felipe Boso en el precario panorama de la poesía experimental en España de los años setenta, fue un auténtico premio de lotería. Su temprana muerte (a los 56 años) en 1983, una desgracia irreparable. En ambos casos, la historia discurrió por caminos bien distintos de los que, en apariencia, estaban prefijados.
En el verano de1970, Boso fue una inyección de energía, de sentido común, racionalidad y eficacia. Apareció en mi domicilio de Madrid, después de un primer contacto epistolar, con su libro T de trama, que acababa de recoger en Santander, de paso desde Bonn donde residía desde los años cincuenta.
Aunque estaba a cientos de kilómetros de España, mantuvo relaciones más estrechas y positivas con revistas y editores españoles que los que vivíamos en la calle de al lado. En 1983, su muerte marcó el inicio de una nueva época para la poesía experimental en España.
Y también para algunos de los que llevábamos años trabajando en ese terreno. Lo mismo que el año 1975 fue el fin de un periodo, y el comienzo de otro, 1983 reúne una serie de hechos que dibujan nuevas actitudes y comportamientos. Hasta comienzos de los noventa, la poesía visual se separa cada vez más de sus orígenes experimentales, y a través de varios autores, se asocia cada vez más con el mail art o arte correo y con la performance en su versión de poema acción. También se produce la recuperación de Joan Brossa por parte del negocio del arte, y con ello la poesía visual llega a un público no especializado.
No tiene, desde luego ningún sentido especular sobre si todo se hubiera desarrollado tal como fue, si Boso hubiera permanecido operativo y con sus energías de siempre. Pero desde luego, como en el caso de la muerte de Julio Campal, su desaparición fue muy negativa.
Nadie que no llegara a conocer y tratar a Felipe puede hacerse una idea de su inteligencia, de su cultura y su bonhomía. Uno podía tener siempre la seguridad de que él en cada caso encontraría los argumentos para remediar un conflicto, o las razones para perdonar un olvido o incluso una ofensa.
Felipe era un hombre de una educación estricta, y ello incluía ser muy respetuoso a la hora de hablar de cualquier persona. Lo cual no excluía que tuviera un fino humor. En el mes de julio de 1978, le hice una visita en Meckenheim (un pequeño pueblo en las afueras de Bonn, donde vivía con su mujer Antje y sus tres hijos), y me quedé durante varios días en su domicilio. Unos meses antes había tenido su primer infarto de miocardio (el segundo, causa de su muerte, lo tuvo en 1983), y hablando de ello me comentó:

- La verdad es que es muy llamativo que me diera el infarto después de tener en casa como invitado durante un fin de semana a Carlos Edmundo de Ory. Y que justo el día antes, recibiera la antología que Manolo Bouza ha hecho para esa Universidad de París...

Coincidiendo con la preparación de estos “Apuntes” he revisado la correspondencia con Felipe Boso, y he leído alguna de las extensas e intensas cartas que me escribió. En algunos casos ha sido muy emocionante, porque su escritura mantiene una vitalidad que desborda, en otros la melancolía ha contaminado la atmósfera.
Muchos años después de su muerte, queda su poesía, tan textual y a la vez tan intelectual y emotiva. Los poemas de Felipe Fernández Alonso, que conocemos como Felipe Boso, un poeta fundamental del siglo XX.




Villarramiel de Campos, lugar de nacimiento de Felipe Boso, le ha dedicado una calle.

martes, 8 de diciembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: Juan-Eduardo Cirlot

Los autores incluídos en mi libro "Apuntes so bre escritores radicales" pertenencen a varias generaciones, separadas entre sí por varios decenios. Esto se debe a que, tras los inicios de los años sesenta, en los comienzos de los setenta, el grupo N.O. creó una nueva atmósfera con la bandera de la poesía experimental como referencia. Debido a ello, escritores pertenecientes a generaciones muy anteriores, como en le caso que hoy nos ocupa, de Juan-Eduardo Cirlot, se acercaron de inmediato a los nuevos planteamientos, e incluso se sumaron a las primeras filas de la vanguardia renacida. Este hecho, debido a su carácter atípico (los jóvenes guiaron a los mayores) no ha sido comprendido hasta ahora por los historiadores, y en algunos casos se ha interpretado en sentido contrario a lo que verdaderamente sucedió. Es lo que se puede esperar cuando sde transgreden las normas y las costumbres. Aparte de esto, estos autores hicieron aportaciones muy significativas a la poesía experimental, y es bueno y adecuado señalarlo. 

Julio Campal nunca llegó a conocer en persona a Juan-Eduardo Cirlot, ni llegó a cartearse con él, aunque sí conocía sus publicaciones como crítico, e incluso su poesía. Y yo no hubiera llegado a tratarle posiblemente si Campal no hubiera muerto y yo no hubiera escrito una nota introductoria a sus poemas “combinatorios” para su publicación en la revista Poesía española. La fama de Cirlot como poeta, y de forma especial como crítico, era muy grande en los ambientes culturales, y más aún en el mundo de las galerías y los pintores en el que se movía habitualmente Campal.
A Cirlot le seguía también un “áurea negra”, una fama de la que se hablaba en contadas ocasiones, pero que todo el mundo conocía. Es cierto que cada persona tenía su propia versión, no pocas veces contradictoria con la de los demás. Y es que era una leyenda fundada en algunos datos reales, pero alimentada por tópicos, verdades a medias, deformaciones... Especialmente enconadas eran las “denuncias” sobre la ideología “nazi” de Cirlot y su pretendida defensa del lugarteniente de Hitler, prisionero de los Aliados.
Los hechos, ahora conocidos, ponen a cada uno en su sitio, pero la verdad es que en los años sesenta, para acercarse a Cirlot había que tomar una decisión claramente arriesgada. Porque la fama de este poeta-crítico-teórico (para mí, por encima de todo, artista) era cierta sobre todo en lo referente a su carácter peculiar y a sus ideas obsesivas.
Es muy posible que si el propio Cirlot no hubiera tomado la iniciativa y me hubiera escrito, nunca se habría iniciado nuestra relación. Fue a propósito de esa nota que acompañaba a una pequeña antología de poemas de Julio Campal que publicó la revista de Jose García Nieto, Poesía española. En ese texto yo citaba a Cirlot como precedente de los poemas combinatorios de Campal, entre otras razones porque él mismo me lo había confesado.
La carta, fecha el día 8 de julio del año 68, tras el saludo inicial, iba directamente al asunto: “”Ayer, gracias a que Molina me envió el nº de mayo de “Poesía española” vi su artículo citándome, lo que le agradezco pues en este país (y acaso en los otros) todo cae en la nada.”
La carta venía acompañada de la reedición (que se acababa de imprimir de su libro del año 1955) Palacio de plata junto con Cristo cristal, que había sido su primera obra producida por lo que él llamba el “procedimiento permutatorio absoluto”. El resto de la carta era para defender su modelo, derivado de “la técnica dodecafónica de Schoenberg.” En la parte superior de la carta, escrita a mano, una postdata me indicaba que si me interesaba su “poesía ya le mandaré otras cosas mías.”
Aproximadamente un mes después, hice un viaje a Italia, para participar en el Festival de Fiumalbo, y en la parada de Barcelona, llamé a Cirlot por teléfono que, de inmediato me invitó a ir a su domicilio en la calle Herzegovino. Fuí allí en efecto, por la tarde, y mantuvimos una cordial entrevista.
Al finalizar me acompañó hasta el autobús, y –lo recuerdo bien- detenidos en una escalera que comunicaba dos calles, me habló de su relación con Antoni Tapies:

- Así es la vida: Yo que me inventé a Tapies, tengo que ir todos los días a trabajar a la editorial para mantener a mi familia, mientras que él vende sus cuadros a un millón de pesetas. Pero dicho esto tengo que reconocer que, mientras yo escribo lo que quiero, Tapies tiene que pintar siempre el mismo cuadro por imposición de su marchand.

Diez años después de su muerte (en 1973), escribí y leí para una sección de Radio-3 (RNE) un artículo sobre Cirlot en el que utilizaba la metáfora de la hoguera ardiente, terrible, a la que nadie puede acercarse hasta que se convierte en rescoldos. Es decir, hasta que muere. Y anunciaba, ya entonces, una continua recuperación de Cirlot, sobre todo como poeta.
Por cierto que, en los últimos meses de su vida, experimenté una curiosa e inexplicable sensación : Me fue imposible contestar a varias de sus cartas. Un día me llegó la noticia de su muerte a los cincuenta y pocos años. También diez años después viví una experiencia casi gemela con Felipe Boso. Seguramente, el propio Cirlot hubiera estado muy interesado en esta experiencia, si yo hubiera sido capaz de comunicarme con él.
Justo en esos años, Cirlot trabajó en sus poemas fonoplásticos, acercándose a la poesía visual de forma consciente y deliberada, para sorpresa mía. Aún guardo las fotocopias que me envió, y sobre las cuales nunca llegué a decirle nada.