jueves, 5 de noviembre de 2009

Oralidad y abstracción: Dos universos, dos formas de vivir


(Artículo de "Panfleto contra o -preferiblemente- a favor del arte, la poesía y la música del siglo XX")

Después de escribir el apartado anterior (hace referencia al texto publicado el viernes 30 de octubre en este mismo blog) he tomado conciencia con más intensidad de un hecho crucial de mi vida: Desde la adolescencia (calculo que sobre los dieciséis años) he vivido a medio camino, o a caballo, entre el universo oral, (el de mis padres y el de mi infancia) y el universo abstracto de la escritura.
Siempre he tenido la sensación de que mi tardía alfabetización ha sido un hecho con gran influencia en mi forma de ver y entender. A los nueve años, cuando empecé a leer, y a los diez, cuando escribí mis primeros relatos, mi experiencia del mundo estaba bastante asentada sobre lo oral.
El otro hecho decisivo de mi vida infantil, el de ser un emigrante, me permitió también conocer que el lenguaje no era algo innato, igual siempre a sí mismo, y universal, sino el producto de un aprendizaje, relacionado con un lugar geográfico y una clase social. Nunca he olvidado el día en que fui a quejarme a mi joven maestra de primaria de que un compañero de clase me había “repizcao”. Ella no me dijo nada, ni hizo un sólo gesto, pero su mirada interrogativa me pareció que preguntaba ¿de donde ha salido éste?. Yo tampoco hablé, me di la vuelta y volví a mi pupitre y aprendí la lección: Allí se hablaba de otra forma, salvo que uno quisiera meterse en dificultades. Se decía “pellizcar”, no repizcar. También se decía “tripa” en vez de barriga, y para insultar a otro niño, se le llamaba “gilipoyas” en lugar de idiota o hijo de puta. Aprendí también en mi relación con los niños de mi edad que cualquier diferencia, ya fuera en el vestir o el habla, podía ser causa de conflicto, e incluso de exclusión.
Una de las ventajas de que este texto sea voluntariamente un panfleto, es que en este apartado no me veo obligado a entrar en una revisión profunda de todas las teorías e interpretaciones que sobre la escritura, como principal inductor del pensamiento abstracto, se han elaborado en los últimos cincuenta años, desde McLuhan a Derrida.
A cambio daré mi versión personal, producto tanto de las lecturas como de la propia experiencia. Y lo hago porque creo que mi biografía reúne una serie de circunstancias peculiares que sumadas a mi psicología, pueden ofrecer aspectos de interés para el sufrido lector.
Desde el momento en que aprendí a leer, como ya he contado en otro apartado de este Panfleto, la lectura, y como consecuencia casi automática, la escritura, ha sido mi territorio de elección. Me convertí, ya adolescente, en un “hombre de letras”. En mi entorno, vivían personas de todo tipo, aunque las más habituales eran ágrafas, y no pocas analfabetos funcionales, y en algunos casos analfabetos totales. Aunque no soy una persona muy observadora, pronto comprobé hasta qué punto las diferencias culturales, y de forma muy especial las del mundo de la escritura, diferenciaban a las personas, y marcaban incluso su comportamiento, su ideología y su imaginario. Uno de los campos en los que las diferencias eran muy palpables –y a menudo causantes de diferencias- era el de la economía. El concepto que yo tenía del dinero, y el que tenían las personas de la generación de mis padres, eran tan distantes que parecían pertenecer a personas que vivieran en planetas distintos.
Mi temprana dedicación a la escritura creativa, y sobre todo a la poesía, me hizo tomar conciencia muy pronto de la profunda diferenciación existente entre la oralidad y su mundo, y la mentalidad culta, con su propia mentalidad, normas y conductas. Lo que cada vez me separaba más y más de aquellas personas, no era su dificultad para leer, o su falta de conocimientos sobre el mundo, que yo adquiría a través de la escritura. Las diferencias más profundas tenían que ver con conceptos básicos como el tiempo, el dinero, las escalas de valores, su respeto o más aún su temor de lo simbólico y lo sagrado (incluso en el caso de ateos o incrédulos).
Posiblemente no lo fuera, pero yo me sentía más libre actuando como un “librepensador” del siglo XVIII. Mi capacidad de análisis aumentaba muy lentamente, pero a mí me parecía que eso era porque había entrado en un vasto espacio, reservado sólo para los que supieran servirse de la escritura con total dedicación. Sólo era una cuestión de tiempo.
Años después, a través de mi abuela materna, Juana Salas Romero, reparé en el proceso de desculturización que se estaba viviendo en el mundo rural, reflejado en los cambios del vocabulario. Ella, mujer de mucho carácter (solía decir que “tenía más güevos que nadie”), se quejaba de los cambios introducidos por las nuevas generaciones. Se preguntaba: “Si siempre se ha dicho “crilla”, ¿porque ahora hay que decir patata?. Si toda la vida hemos dicho “pajizo”, ¿por qué hay que decir amarillo?. Si toda la vida de Dios una parella ha sido una parella, ¿por qué ahora tiene que ser una servilleta?”.
Poco después de estas curiosas preguntas de mi abuela Juana, en el curso de mis estudios universitarios descubrí que “crilla” era una palabra de etimología griega, y que con el significado de tubérculo se seguía utilizando en zonas del levante español, sobre todo en la huerta de Murcia.
En el comienzo de los años ochenta, escribí una colaboración para Radio-3 (RNE) recordando esta historia familiar-lingüística, en la que sostenía que la Real Academia Española, desde su creación, y con el espíritu del despotismo ilustrado, ejercía una dictadura de clase sobre el habla para convencer a los iletrados de que, como no sabían escribir, tampoco sabían hablar. El hecho sin embargo era que todo hablante de su lengua materna la poseía en plenitud, y nadie –defendía yo- podía demostrar que el habla de los cultivados (por la escritura y la imprenta) poseía ese idioma mejor, con un sentido más profundo de su indiosincracia, que un analfabeto, cultivado profundamente en la oralidad.
En los años sesenta, cuando estudié a Ferdinand de Saussure, la distinción entre lengua y habla me dio una de las claves del problema. Y mi propia experiencia en los distintos mundos en los que vivía, me hizo detecta los distintos y variados tipos de habla que coexistían. El conocimiento, en esa misma época, de los experimentos con la fonética para producir una poesía primitiva, básica (Schwitters llamó a su principal obra en este campo, “Sonata de los ancestros”), junto con los estudios de fonología iniciados por los rusos, y sintetizados en el llamado Círculo de Praga, me hicieron comprender que la fonética era una cuestión capital para entender los componentes fundamentales de cualquier cultura.
Después, en los 60-70 fueron las lecturas de Marshall Mcluhan, de Michel Foucault y de Jacques Derrida. Pero sobre todo –perdón por la inmodestia, pero es una cuestión de carácter- fueron mis propias experiencias con la experimentación de escrituras visuales (oigo en mis oídos la voz de Esteban Pujals: “Toda escritura es visual”), y mi preocupación por conocer en profundidad las aportaciones científicas sobre el lenguaje, la escritura, la publicidad y el nuevo mundo de los medios de masas lo que me hizo estudiar también mi propio comportamiento en relación con el universo oral y con el universo abstracto.
Con todo tardé décadas en tomar conciencia de mis propios perjuicios y mi falta de objetividad hacia todo lo que se relacionase con el universo oral. Convertido en un hombre de letras, iba siendo captado por el lado oscuro de la abstracción, al tiempo que me alejaba a gran velocidad del universo oral y todo lo que conllevaba. Según avanzaba en el camino del análisis, la crítica, la capacidad de síntesis, la comprensión de la escritura, el manejo de conceptos, mi relación con el mundo de las emociones, los sentimientos, las relaciones interpersonales, la tonalidad como concepción vital, se esquematizaban y se diluían en una atmósfera cada vez más enrarecida. La indicación de Foucault sobre el pensamiento (Las palabras y las cosas, Siglo XXI, Mexico 1978, p 1) “el que tiene nuestra edad y nuestra geografía”, me sirvió de señal (de alarma).
La incomodidad, o más bien la crisis en que vivía, mi sensación de que estaba siendo despojado de algo consustancial a mi propia persona, a mi indiosincracia, se iba acentuando según me acercaba a la cuarentena. Tardé algunos años en saberlo, pero yo era un número más, un individuo sin peso específico en medio de la tremenda crisis que estaban viviendo los países occidentales, divididos o más bien desgarrados entre su cultura de miles de años de oralidad, y el ascenso imparable del nuevo universo de la cultura letrada. Paralelamente, el nacimiento y desarrollo de la cultura de masas, con su mezcla de abstracción e imagen, y con su recuperación de una falsa oralidad, complicaba el entendimiento de lo que nos rodeaba. Las exigencias crecientes e inaplazables de las nuevas mentalidades frente a la atmósfera diluida, inconcreta y sin exigencias de la otra, provocaban una situación cada vez más insoportable, y por lo tanto más llena de violencia.
La cultura tradicional, basada en la recepción oral de conocimientos avalados por años de experiencia, por el aprendizaje mediante la imitación de maestros, familiares y autoridades (la endoculturación de los antropólogos) no podía confrontarse con las nuevas formas basadas en la escritura, los discursos abstractos, el peso aplastante de las nuevas tecnologías, y el prestigio de la innovación. Nadie dudaba sobre de quien era el futuro.
Pero en la experiencia directa, en el vivir de cada día, los individuos detectábamos una deriva inquietante: La conformación que la cultura tradicional había conseguido con los sentidos, el acuerdo entre lo que era bueno para la mente y para el cuerpo, se estaba rompiendo y nadie parecía saber como recomponerlo o como construir otro suficientemente gratificante. La dicotomía cuerpo/alma, omnipresente en la tradición idealista, no era operativa en el mundo oral, y menos aún en el mundo de las nuevas tecnologías masivas.
La lectura, e incluso la escritura, eran no sólo herramientas fundamentales en la nueva cultura, sino también fuentes de placer, formas de auto-realización. Pero había zonas de nuestra conciencia, que en el pasado podían satisfacerse de forma más o menos eficaz, que ahora quedaban desasistidas o al menos insatisfechas. El deseo, como una inconcrección que se niega a serlo y se postula como una demanda de nítidos objetivos, reclamaba cada vez con más fuerza y con más exigencia sus derechos.
Recordemos que, entre otras características, la cultura de masas es una cultura urbana, con todo lo que eso supone frente a las sociedades rurales. En primer lugar, una abstracción o idealización de la naturaleza. Y en segundo lugar una mediatización en cuestiones básicas, como la producción de alimentos, vestimenta, el transporte, la información, la comunicación, la enseñanza etc... De ahí la denominación de sociedad mediática a la sociedad de masas.
Veamos un hecho del que se habla poco: La radio, primer medio verdaderamente masivo de comunicación, ha supuesto después de décadas de presencia en todos los niveles de la población, un cambio definitivo en la forma de hablar de la mayor parte de los individuos. Incluso de los que, en la práctica, no solían escucharla. La forma de hablar de los “locutores” altamente formalizada, idealizada, y sometida a la escritura, influyó en día a día en los hablantes, desplazando las formas locales, imponiendo vocabularios cultos, e incluso interrumpiendo tendencias fonéticas milenarias. Sólo un dato: La tendencia en el habla del español a perder las terminaciones de palabras en ado, mediante su contracción ao, empezó a frenarse en los años cuarenta, terminando por invertirse. Y no sólo entre las clases cultas. La estrella de la radio mató a la bruja fonética.
Cuando a comienzos de los ochenta escribí –y leí- mi alegato contra la Real Academia Española en Radio-3 (RNE), por su intromisión en la vida de las lenguas, no sabía que justo la radio se había convertido en el comisario político de los burócratas académicos, para imponer una falsa oralidad. Ya en esos mismos años, la televisión había venido a completar el programa de exterminación del habla tradicional. Lo supe poco después, cuando estaba empeñado en conocer mi propia oralidad, sobre todo en relación con mi trabajo poético. Reconozco que, al principio, y tal vez por pertenecer por derecho propio a “la primera generación de la radio” sentí ira e incluso odio. Después tuve que admitir que estábamos ante un proceso típico de racionalización y abstracción, y que seguramente la radio no podía tener otro efecto sobre el conjunto de la población. De todas formas sigo abrigando la duda de si las cosas podrían haber sido de otra forma, y al menos, haberse dado un cierto grado de disidencia y contestación. Y si no fue posible en el pasado, que lo sea en el futuro.
Las personas que han nacido y vivido exclusivamente dentro de la sociedad de masas, reaccionan desde la idealización de la naturaleza, generando ideas fundamentalistas, es decir ideologías con fundamentos ontológicos. El ejemplo más notable es el ecologismo radical, que ha sacralizado “lo natural”, al tiempo que demoniza problemas tan “naturales” como el fuego, la caza o simplemente la agricultura. Algunas de sus ideas, aceptadas por las nuevas administraciones autonómicas, y gestionadas por su nueva clase de burócratas, está dando lugar a legislaciones conservacionistas que someten a los restos de la población tradicional de las zonas mejor conservadas, a un auténtico despotismo ilustrado. Un sólo dato, aunque realmente extremo: En Castilla-La Mancha se ha llegado a prohibir fumar “en el monte”.
Esta crisis permanente y que adopta mil caras, producida por la aparición y desarrollo de la sociedad de masas, se vive tanto en las ciudades como en el mundo rural, pero tiene su espacio clave en la propia vida de los individuos. Vuelvo a mi propia biografía:
En el año 2001 decidí dar por terminada mi etapa de emigrante, iniciada cincuenta años antes. Fue una decisión voluntarista y testimonial, ya que el que volvía no era el niño analfabeto y retraído, sino un hombre en los umbrales de la vejez (o al menos de la que se fue, sino un adulto dedicado toda su vida a ocupaciones intelectuales, ya próximo a la vejez (a la jubilación). Con todo el recuerdo de mi familia entre los habitantes de la zona, ha servido de colchón para que se me acepte con pocas reticencias, aunque también para que tome conciencia directa del abismo que me separa de la forma de vivir, de ver y de pensar de estas buenas gentes.
De todas formas, en esta nueva etapa de mi vida, aunque he conseguido un alto nivel de paz interior y de acuerdo conmigo mismo, permanece la crisis cultural y personal que me acompaña desde que me convertí en emigrante.
Parece obvio a estas alturas, que el trauma de la alfabetización no lo voy a superar por mucho que viva, y eso me hace pensar que debe haber muchas personas en mi generación, en las anteriores y en las posteriores que también lo sufren. Tal vez los que nacieron en las ciudades a partir de 1970 ya estén libres, es decir totalmente abducidos por la alfabetización. O tal vez existe una panoplia de casos y circunstancias, con mayor o menor proceso de sufrimiento.
Por otro lado, desde comienzos de la década de los noventa, con la aparición y fulgurante desarrollo de la telefonía móvil, es posible que hayamos entrado en una nueva etapa de la relación entre lo oral y lo abstracto. En 1992 en España había funcionando un millón de terminales telefónicas móviles. En el año 2005 la suma de todas las compañías llegaba a ser de cuarenta millones.
En ningún otro país europeo se ha producido un crecimiento comparable, ni siquiera en los que tienen mucha más población y mayor nivel económico. Es comprensible: España es el país más católico de Europa, el más oral, y el menos abstracto. Ea.