lunes, 30 de noviembre de 2009

Apuntes sobre escritores radicales: Julio Campal

Julio Campal es uno de los autores incluidos en "Apuntes sobre escritores radicales". Y a pesar de que sigue siendo un poeta del que se desconoce casi todo, mi texto tiene un sesgo cuasi anecdótico. Pero es cierto que estos apuntes han ido naciendo a lo largo de los años de forma inesperada e injustificada. Tienen su propia ley, aunque yo no sepa cual. En todo, caso, ese apunte habla del Julio Campal más humano. Más desconocido aún que el poeta.

Ya se ha cumplido el cuarenta aniversario de la muerte de Julio Campal en Madrid (fue el 19 de marzo de 1968). Reconozco que a mí me parece que fue ayer, porque el recuerdo –tal vez por ser trágico- permanece vivo, disponible, sin desdibujarse.
Ahora que lo pienso, sin embargo, creo que todo lo referente al propio Julio ha superado estas décadas sin desgastarse. Como los padres que, al morir jóvenes, siguen sin envejecer para sus hijos, también los poetas muertos (o desaparecidos como Arthur Rimbaud) en plena juventud, permanecen en la historia eternamente jóvenes.
En el caso de Julio Campal, hay además otros argumentos para comprender esta permanencia, pero no es esta la ocasión para ocuparme de ellas. Hoy se trata de dibujar un apunte de la persona, aunque tenga que serlo también del poeta y del hombre de vanguardia.
En los años que vivió en Madrid aún no se había acuñado el término sudaca para referirse a los sudamericanos que fueron llegando en oleadas. Desde luego, Campal era lo menos parecido a un logrero, aprovechado o abusón que pueda imaginarse. Era un moderno en lo bueno y en lo malo, y un progre avant la lettre. Pero también conservaba rasgos conservadores en lo referente a los compromisos y la amistad.
Una noche de luna llena, caminando por el Monte Igüeldo en San Sebastián, me refirió el extraño suceso de su caída al mar, desde el barco que le transportaba a Mallorca en plena noche. Después de no pocas peripecias consiguió llegar nadando a un islote en el que había un faro, y allí fue rescatado por una barca de pesca que le transportó a Valencia. Ante su falta de documentación, y su confusión mental, las autoridades le internaron en el manicomio, donde permaneció varios días hasta que se pudo poner en contacto con Camilo José Cela, que le ayudó a viajar a Palma de Mallorca, donde recuperó su equipaje.
Cela creyó desde el primer momento que se había tratado de un intento de suicidio, e incluso mandó un propio a Valencia para que investigara los datos de la inusual historia.
Campal me dijo que no se había tratado de un intento de suicidio. Según él, lo que había sucedido es que para luchar contra el innsonio que padecía, había tomado una fuerte dosis de barbitúricos, y para esperar a que le hiciera efecto había caminado hasta la popa del barco, y allí se había sentado en la barandilla. Era lo último que recordaba, antes de sentirse flotando en el mar, viendo como el barco profusamente iluminado se alejaba de él en medio de la noche.
Según su criterio, lo que le salvó fue lo mismo que le había llevado hacia el problema: Los barbitúricos. Cuando se vio en el agua, y ante la imposibilidad de hacerse oír por los tripulantes, consciente y calmado, se puso a nadar en sentido contrario al del barco. Estaba tan calmado que en ningún momento sintió pánico, ni siquiera miedo.
Después de oír el inquietante relato de su naufragio, caminamos durante unos minutos en silencio, ascendiendo al monte. Después Campal me preguntó:


- Si yo estuviera dispuesto a suicidarme y te pidiera ayuda ¿tú me la darías?.


Sin detenerme a pensar una respuesta, ni armar un argumento, respondí:


- No. De ningún modo.


- Y si dependiera de ti ¿me lo impedirías?.


- Sí.


- ¿Por qué?.


- Porque no quiero que mueras.


- Pero eso no puedes impedirlo.


- Pero sí puedo impedir ser el testigo, y sobre todo el responsable. Yo creo que uno no puede poner a un amigo en un brete así: Algo que va a permanecer en su conciencia para el resto de su vida.


- Pues yo te ayudaría a ti si tú lo necesitaras.


- Es posible que tú tengas un sentido de la amistad más profundo que el mío.


Campal ya no me respondió, y volvimos andando en silencio hasta la pensión. Seguramente para su visión romántica de la vida el suicidio no era algo tan difícil de aceptar como para mí. O su sentido de la amistad era, seguramente, de unas características imposibles de comprender desde mi experiencia.

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